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MARCELLO FIGUEREDO
Vuelve a parecerme mal, como cada año, que mientras buena parte del mundo hispano celebra el Día del Libro el 23 de abril (en recuerdo de Cervantes, que en rigor murió el 22), Uruguay se entregue al solitario festejo del 26 de mayo en honor a Larrañaga y a nuestra primera biblioteca pública.
Dámaso Antonio no tiene la culpa, naturalmente, pero deberíamos ser menos exóticos y sumarnos, aunque fuera por instinto marketinero, a una celebración que en varios países arrastra gente a las librerías.
Por suerte Chávez nos dio una mano con el regalito que le hizo a Obama, quien todavía debe estar esperando que le traduzcan Las venas abiertas de América Latina, puesto que la edición que el compañero comandante le entregó en Puerto España era, como todos pudimos ver, en castellano.
En todo caso, además de devolver el opus setentista del uruguayo Eduardo Galeano a la lista de best sellers, el gesto vino bien para calibrar cuán actualizado está el cerebro del caudillo venezolano.
Ah, los políticos y los libros. Búsqueda contó, hace un par de jueves, en qué páginas estaban sumergidos los nuestros: Mujica hincándole el diente a unos trabajos de ingeniería genética y biología molecular, y repasando la Introducción a la Antropología General de Marvin Harris, donde abrevó su pasión por los Kung San. Astori, menos tribal y más melómano, entregado a un libro sobre Bill Evans y a otro sobre Astor Piazzolla.
Y completando la troika frentista, Carámbula con tres volúmenes entre manos: La hermana, de Sandor Marai; un análisis de la crisis económica a cargo del Nobel Paul Krugman; y el ensayo de Ana Frega sobre Artigas.
¿Y los blancos? Lacalle prefiere la biografía de Atatürk, que lee, of course, en inglés. Al mismo tiempo, avanza en las páginas de La patria misionera, de Carlos Soares de Lima.
Larrañaga, lector discontinuo confeso, se ha decantado por La sociedad de la nieve, regalo del mismísimo Roberto Canessa. Brutalmente sincero, Riet Correa dijo que no lee nada hace meses, y que tampoco recuerda qué fue lo último que leyó.
Entre los colorados, Hierro venía de acabar La actualidad del pasado, de José Rilla, pero también había leído dos folletos sobre la dictadura de Terra.
Bordaberry, cultor del zapping literario, dedicó su verano a Testimonio, del presidente francés Nicolás Sarkozy, y ahora tiene a medio leer El malestar de la globalización, de Joseph Stiglitz, y La palabra mágica, de Augusto Monterroso. Amorín está releyendo El caudillo y el dictador, de Ana Ribeiro, que combina con poesías de Antonio Machado; y Lamas tiene varios ensayos sobre el escritorio sin leer, pero recomienda Historias tupamaras, de Leonardo Haberkorn.
Por su lado, el independiente Mieres sugiere a los otros candidatos la lectura de Historia del Siglo XX, de Eric Hobsbawm, y está terminando La agonía de una democracia, de Julio María Sanguinetti.
Mientras ustedes sacan sus propias conclusiones, yo me voy a releer la interesantísima carta que esta semana mandó la antropóloga Teresa Porzecanski a Búsqueda.
Hay que estar preparados por si los Kung San del siglo XXI llegan al poder.
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