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Luciano Álvarez
Braunau am Inn es una encantadora, pequeña y típica ciudad austríaca, en la frontera con Alemania. En el número 15 de la Salzburger Vorstadt, hay una escuela taller para discapacitados mentales. Al frente hay una piedra enorme, traída del campo de concentración de Mauthausen. Dice: "Por paz, libertad y democracia. Nunca más fascismo. Que millones de muertos nos sirvan de advertencia".
Cada 20 de abril, las tropas de elite EKO Cobra, del Ministerio del Interior, se despliegan frente a la casa para evitar posibles incidentes. Los habitantes de Braunau se quejan: "Es cierto que nació aquí en 1889, pero vivió sólo hasta los tres años".
Es verdad, su familia se mudó con frecuencia, en un radio de no más de 60 kilómetros: vivieron en Passau, del lado alemán, en una granja cercana al pueblo de Fischlham, en las pequeñas ciudades de Lambach y Leonding y finalmente en Linz, capital del estado de la Alta Austria, que por entonces tenía unos 100.000 habitantes.
La antigua escuela de Fisch-lham, es una modesta sala, pegada a una iglesia barroca del siglo XVII. Allí también hay una piedra de Mauthausen; la hizo poner el cura del pueblo en el año 2000: "Entre 1895 y 1897, aquí aprendió a leer y escribir Adolf Hitler; provocó la muerte y la desgracia de millones de seres humanos".
En Leonding, muy cerca de Linz, hay una vivienda que el Führer declaró monumento nacional en 1938 como "regalo de un habitante", que había vivido allí entre sus 9 y 14 años. Goebbels la convirtió en lugar de peregrinaje. Hoy es una empresa de pompas fúnebres.
"Adi", así le llamaban en la casa, era hijo de Alois Hitler, un funcionario aduanero que se casó en terceras nupcias con su prima Klara Pölzl cuando ésta tenía 25 años y él 48. Por entonces, la prole Hitler-Pölzl estaba compuesta por Adolf y Paula, (hijos de Klara) sumados a Alois (1882-1969) y Ángela (1886-1949), hijos del anterior matrimonio del padre. Otros tres niños habían fallecido en sus primeros años de vida, todos entre 1887 y 1900.
Alois Hitler castigaba duramente a su hijo "porque creía que era bueno para su educación" y la madre le protegía; también pasaba mucho tiempo en la taberna, donde murió en 1903, fulminado por un ataque cardíaco.
Entonces Adi se convirtió en uno de los varones de la casa y golpeaba con frecuencia a su hermana menor, Paula, "porque creía que era bueno para su educación". Nada terriblemente excepcional para la cultura familiar de aquellos tiempos
Entretanto, Adi pasaba por la escuela sin pena ni gloria y leía las novelas de cowboys de Karl May, un escritor alemán de gran éxito entre los jóvenes. "Todos los esfuerzos para encontrar en aquel niño los signos de perversión que anunciaran al criminal son vanos", asegura Ian Kershaw, el mayor especialista contemporáneo en el tema.
En 1900 Adolf ingresa a la Realschule, la enseñanza secundaria técnica. Su estadía es penosa; empezó por repetir el primer año y terminó por abandonar a los 16.
Esta experiencia forjó parte de su perfil biográfico. Por un lado, el fracaso lo convirtió en un individuo resentido, iracundo y violento que odiaba a la mayoría de los profesores, a los que no saludaba, y también odiaba a los compañeros. Por otro, asimiló el clima de ideología pangermanista y antisemita que promovían varios profesores.
En 1904 conoció al único amigo de aquellos tiempos: August Kubizek, hijo de un tapicero y estudiante de música. Ambos adolescentes comparten la pasión por Wagner.
August es callado, el oyente ideal para ese joven apasionado que emite discursos sobre cualquier asunto; también es tranquilo y capaz de soportar sus "arrebatos de cólera que no guardaban la menor relación con la intrascendencia de su causa".
Mientras August estudia música y trabaja en la tapicería de su padre, Adolf tiene todo el tiempo a su disposición. "En cierta ocasión le pregunté si no trabajaba también: `¡De ninguna manera!` fue la abrupta respuesta. A estas palabras, que me parecieron muy fuera de lugar, añadió Hitler una larga explicación".
El conjunto de las anécdotas del libro de Kubizek, "Hitler, mi amigo de juventud" (1953), permiten reconstruir el retrato de un tipo de joven bohemio y fatuo que se propone una vida de artista, en franca ruptura con el medio pequeño burgués en el que se crió, aunque vive de la pensión familiar.
En 1906 se fue para Viena; August le seguirá al año siguiente.
Su imagen es la de un dandy vagabundo que trata de aparentar educación y elegancia, que lee desordenadamente, que pasa largas horas caminando por la ciudad y sus alrededores mientras imagina imponentes proyectos, pero es incapaz de someterse al más mínimo rigor y disciplina.
Es un mal pintor -fracasa dos veces en su intento de ingresar a la Academia de Bellas Artes- pero sueña convertirse en arquitecto. Ama la música pero carece de todo conocimiento de su práctica. Así y todo se propone escribir una ópera y acosa a su amigo August para que le ayude.
Al mismo tiempo es un asceta: "No fumaba, no bebía y pasaba días alimentándose sólo de pan y leche".
Respecto al sexo, Kubizek dice que "miraba a las jóvenes y a las mujeres con un interés despierto y crítico" pero mantenía una absoluta abstinencia venérea.
En este punto, se agrega un rasgo de anacrónico romanticismo. En Linz se enamoró perdidamente de una muchacha llamada Estefanie, aunque ella nunca se enteró.
Le compuso poesías, se paraba largas horas en una esquina para verla pasar; estaba convencido que ella también lo amaba, telepáticamente. Cuando su amigo le instó a alguna suerte de encare, Adolf le increpó: "Tú no puedes comprenderlo, porque no eres capaz de entender el sentido de un amor extraordinario". Con los años por medio de un discurso grandilocuente le comunicó que renunciaba al amor de Estefanie, en aras de sus inconmensurables planes.
Siguiendo el razonamiento de Ian Kershaw, del análisis de aquel Adolf Hitler de 20 años, resulta difícil predecir algo del siniestro Führer del Tercer Reich, salvo su poderoso talento para la elaboración retórica de sus burdas ideas políticas y sociales y sus fracasos personales.
A través de largos monólogos -apoyados en su azul mirada penetrante- encuentra siempre culpables para esconder su mediocridad, su haraganería, su ausencia de talento artístico y académico, su condición de inadaptado crónico.
Confieso que mientras escribo esto, no puedo dejar de pensar que el sayo de varios de estos rasgos biográficos le caería bastante bien a ciertos personajes que conocí en la Universidad de los años 70.
A principios de julio de 1908, August Kubizek, lo perdió de vista. Para entonces Hitler se había convertido en un vagabundo, que iba de pensión en pensión, comía salteado y vendía algún mal cuadro que otro.
En 1913 se fue a Munich, pero su situación no mejoró hasta 1914, cuando la guerra habilitaría su destino, para desgracia de la humanidad.
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