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DVD. Jane, Lindsay y Felicity en "Las reglas de Georgia"
GUILLERMO ZAPIOLA
No es memorable pero tiene su interés, y el elenco la ayuda notoriamente. Acaba de salir directamente en DVD "Las reglas de Julia", comedia dramática dirigida por Garry Marshall con tres mujeres de cuidado.
Hasta la definición "comedia dramática" resulta ligeramente inadecuada. Es cierto que tiene momentos de humor en medio de su drama, y es cierto también que el director Marshall está históricamente vinculado al género cómico con toques románticos, desde Mujer bonita a Novia fugitiva. El propio poster del film sugiere además su adhesión al género, y las tres "mujeres de cuidado" del título implican una sugerencia en la misma dirección. No cualquier película reúne a Jane Fonda con Felicity Huffman (de Amas de casa desesperadas y Transamérica) con Lindsay Lohan.
Un `marketing` inadecuado parece haber empero equivocado el `target` (¡qué detestable es el lenguaje de la mercadotecnia!), y la película no encontró en los Estados Unidos el público al que estaba en primer lugar dirigido. Ello puede explicar su relativo fracaso comercial en salas (actualmente no hay películas industriales que realmente fracasen comercialmente: sólo que algunas recuperan lo invertido recién cuando pasan al ámbito familiar del DVD y la televisión), y el hecho de que la película haya llegado a nuestras playas directamente al mercado hogareño. Los distribuidores ni siquiera parecen haber confiado en el apellido Fonda.
Vuelta al principio. ¿Comedia dramática? ¿Drama, y hasta melodrama, con elementos de humor? Está más cerca de esto último, aunque el arranque anuncia otra liviandad.
Lindsay es la adolescente rebelde que bebe, grita y maldice, y cuando destroza el auto de su madre (Huffman) ésta decide echarla de su casa de San Francisco. La muchacha va a parar a manos de su abuela (Jane) en una granja de Idaho, lugar que juró no volver a pisar nunca. La abuela no es ninguna anciana dulce y adorable (bueno, es Jane), y su vida está basada en una serie de reglas absolutas que debe cumplir cualquiera que quiera compartir su casa: de ahí el título. Dios y el trabajo llenan su vida, o al menos su discurso, y su fastidiada nieta busca refugio en la cercana comunidad mormona, donde su revoltosa presencia generará algunos sobresaltos. Pero hay algo más, y a cierta altura se producirá algún giro de la trama que saca a relucir algún oscuro episodio del pasado que ayuda a entender por qué ocurren ciertas cosas que están ocurriendo en el presente.
No poder contar en detalle el argumento de una película no deja de ser un fastidio a la hora de explicar ciertas cosa. Al lector solo le cabe (si lo desea puede no hacerlo) confiar en las vaguedades del cronista cuando señala que el tema es más serio que el film, y que Garry Marshall no era probablemente el realizador ideal para él. Cuando debe meterse en honduras luce algo inseguro: ilustra con cierta prolijidad y sin mucho vuelo. No hunde el libreto pero tampoco lo trasciende particularmente.
Le quedan sus tres mujeres, y allí hay alguna sorpresa. Jane Fonda está bien aunque en piloto automático, con un personaje más atrayente que la suegra detestable que había hecho en su película anterior. Es una Fonda: llena pantalla, impone por momentos un carácter autoritario, es difícil no darse cuenta que está allí.
Felicity Huffman tiene una larga relación con el público, especialmente gracias a Amas de casa desesperadas, y es el tipo de actriz "confiable". Una vez más, un director (en este caso Marshall) confió en ella, y no hay que quejarse del resultado. Por supuesto, no es el tipo de "vehículo de lucimiento" que le prestaron en Transamérica: los "raros" (en aquel caso un transexual) siempre proporcionan labores oscarizables o por lo menos "candidateables".
La sorpresa se llama Lindsay Lohan. Esa mujer ha hecho tantas tonterías fuera del cine, y ha filmado algunas dentro de él, que se la tiende a tomar por la tonta que no es. O acaso lo sea (se puede ser buen actor sin ser inteligente), pero ese no es el tema en discusión. Lo que corresponde señalar es que esa mujer funciona bien en pantalla: no en vano el viejo Robert Altman, a quien se le podrán objetar muchas cosas pero rara vez se equivoca con los actores, la eligió para el multiestelar elenco de Noches mágicas de radio y logró sacarle algo.
Lo mismo hace Marshall. El de Lohan es el personaje más comprometido del film, y el que en algún momento clave tiene que sacar a relucir algún elemento oscuro que borra rápidamente la sonrisa del espectador. Y lo hace muy bien.
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