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JORGE ABBONDANZA
La televisión paquistaní mostró un video donde figuraba la ejecución de un hombre y una mujer acusados de cometer adulterio. Ambos fueron liquidados a balazos delante de sus familiares, luego de caer en manos de los talibanes que finalmente los mataron en una localidad cercana a la frontera afgana. Modernizaron así los rigores de la ley islámica, ya que balearon a los adúlteros en lugar de lapidarlos, sin salir empero del marco de ferocidad de ese código que también ordena amputar una mano a los ladrones o azotar a los alcohólicos.
Cuando los talibanes gobernaban Afganistán (1996-2001) las mujeres no podían estudiar ni trabajar, pero además se había prohibido todo el cine y toda la música. Las condenas a muerte se ejecutaban delante de estadios repletos de un público que carecía de otros espectáculos, aunque al menos disponía de esa variante macabra de un reality show.
Esa misma ley -la sharia- es la que hace poco permitió a una mujer iraquí sacarle los ojos al hombre que la había desfigurado. El individuo le había arrojado ácido a la cara por no responder a sus reclamos amorosos, aunque la mujer fue clemente y se conformó por último con sacarle al hombre un solo ojo.
Pero las atrocidades no son una exclusividad del Islam, porque en Guatemala fueron asesinadas unas 6.200 personas durante el año pasado, lo cual equivale a 17 por día. Ese ritmo ya resulta escalofriante, pero puede crecer en 2009 de acuerdo a los datos que existen hasta el momento. Lo más terrible es que en 1983, que fue uno de los peores años de la guerra civil guatemalteca, se contabilizaron 3.300 asesinatos y ahora -sin guerra- son el doble, bajo el empuje combinado del narcotráfico, el crimen organizado y las pandillas juveniles.
En México, las batallas campales que libra el mundo de la droga para controlar la exportación de cocaína a Estados Unidos, dejaron en 2008 un saldo de 5.500 muertes, aunque esos números también siguen creciendo. La característica mexicana es que a tales crímenes se agrega la decapitación de las víctimas, quizá con la intención de profanar esos cuerpos más allá de la muerte, pero en Guatemala no se quedan atrás. Los registros oficiales señalan que en el primer trimestre de este año fueron asesinadas más de 80 mujeres, 20 de las cuales habían sido torturadas y violadas previamente, mientras otras 10 fueron además descuartizadas. La policía detiene a una docena de sospechosos por día, pero recuperan la libertad a las 48 horas por no existir contra ellos suficientes pruebas.
Y eso sin embargo no es nada comparado con el aniversario que se conmemora en Ruanda. Porque en estos días se cumplen 15 años de la masacre que sufrió la minoría tutsi a manos de una enardecida mayoría hutu. En aquel episodio, que duró tres meses a partir de abril de 1994, murieron asesinados a machetazos unos 800.000 tutsi, ante la mirada impávida del mundo y de los grandes organismos que no hicieron nada para frenar el espanto.
Los crímenes contra la humanidad son variados, desde la ley religiosa que autoriza a balear a dos amantes, hasta el holocausto de casi un millón de africanos en cien días, ese cuadro que las Naciones Unidas contemplaron hace 15 años sin mover un dedo. La mala conciencia aconseja desde entonces no hablar de eso.
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