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Obras de Martín Vergés se podrán ver hasta fin de mes
JORGE ABBONDANZA
Nacido en 1975, el pintor Martín Vergés ya tenía una destreza apabullante cuando se presentó al concurso del Banco Hipotecario con poco más de 20 años de edad y un control de sus recursos expresivos ciertamente precoz. Ese rasgo ha acompañado hasta hoy su actividad artística, permitiéndole incursionar en recreaciones y homenajes a grandes obras del pasado, un camino en el cual se ha permitido algunos alardes planteados y resueltos como un desafío: el de asumir dificultades para luego superarlas con alguno de sus despliegues de técnica.
En esta muestra que ocupa el espacio cultural del Ministerio de Educación y Cultura (San José 1116, de lunes a viernes entre 11 y 19 horas hasta fines de este mes), Vergés incluye algunos ejemplos de su maestría para la pintura y también para el dibujo, como los enfoques burlones de un mundo burgués (la pareja con cabezas zoológicas, la quinceañera), los retratos de figuras mediáticas o las caricaturas de dictadores que se reiteran en los temas del empapelado que cubre uno de los muros.
Pero la exposición también abarca otras cosas, desde los dibujos de gran formato realizados directamente sobre las paredes de la sala, hasta los letreros monumentales (no sólo en español) entre los cuales figura una opinión crítica sobre algunas de las obras expuestas, además de un par de videos.
El espíritu de esta muestra debe rastrearse en el desenfado con que Vergés resuelve sus obras y en las alturas dispares en que las cuelga, ya que en esa desigualdad de niveles puede insinuarse un comentario elíptico sobre los personajes retratados. A través del carácter un poco antojadizo del resto, también corre un aire lúdico y se adivina un gesto risueño para desconcertar al espectador o jugar un poco con él.
La intención, de todas maneras, se logra a medias, como si la muestra necesitara un eslabón que relacione las partes o una explicación que falta. En todo caso, queda en pie el virtuosismo de Vergés, que siempre es gratificante para el observador. Con respecto a la sala del Ministerio de Educación y Cultura, su condición de espacio oficial debería obligarla a enfrentar con otro rigor los compromisos que implica su actividad. Un artista como Vergés merece no sólo la edición de un catálogo que no existe, sino también la colocación de rótulos que informen sobre título, técnica, fecha y medidas de cada obra. El Ministerio no puede saltearse ciertos esmeros y seguir creyendo que cumple aceptablemente con su labor de divulgación artística.
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