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Juan MartÍn Posadas
Desde mediados del año pasado la economía global está siendo castigada por una crisis brutal. Se han perdido millones de puestos de trabajo en todo el mundo y millones de activos y capital. Muchos se apuraron a decir que no serían alcanzados: desacople, que le dicen, ahora que los economistas son quienes enriquecen el idioma (después que fallaron en el manejo de la otra riqueza). Pero nadie quedó indemne.
De las crisis se puede aprender algo: las abuelas decían que a golpes se aprende. Es de esperar que se haya aprendido un manejo más cuidadoso del dinero. Pero hay otro tipo de lecciones que la actual crisis financiera deja específicamente para el Uruguay. Ellas constituirán el aprendizaje más provechoso. Pero más que de la crisis en sí deberíamos aprender de las explicaciones que de ella se dan y de los remedios que para ella se prescriben. Veamos.
Las explicaciones al principio fueron algo caóticas y desordenadas.
Luego se han ido consolidando hasta dar cuerpo a una especie de doctrina oficial. Esa explicación devenida, la explicación se caracteriza por una monumental hipocresía.
Primero se apuran a echarle las culpas al sistema. Ese sistema -sea cual fuere- tiene la "ventaja" de ser impersonal, no tiene cara ni nombre y, sobre todo, no es perseguible penalmente. De este modo la indignación de los perjudicados se desvía de nombres y apellidos muy concretos responsables del pufo, como escribí en este mismo lugar el domingo 1º de marzo.
Ningún sistema económico es inmune a los codiciosos, a los ligeros, a los especializados en ganancias rápidas y a los descuidistas en la aplicación de los controles. Estos vicios no son del sistema: están en la cabeza o el corazón de seres humanos (en el sistema que sea). Los responsables concretos, gordos, básicos -fulano y sultano- se han escabullido, intocados y, las más de las veces, haciendo mutis por el foro con los bolsillos llenos por los premios obtenidos en su gestión al frente de bancos y empresas que ellos mismo procedieron a fundir.
La segunda hipocresía apareció un poco más tarde, en el proceso de enfrentar la debacle: es la hipocresía de los remedios o las medidas planteados para sanear la situación.
Como si el incendio no hubiera empezado con la caries de las hipotecas fallutas (sub prime, en otro invento gramatical de los economistas) se pasó a culpar a los paraísos fiscales. Hubo una reunión del G 20, (conjunto de los países más ricos donde fue incluida la Argentina insolvente, en default por miles de millones de sus obligaciones soberanas) y allí, para que no hubiera confusión posible de quiénes eran los causantes de la crisis, se procedió a nombrarlos uno por uno, país por país. Y cayó el Uruguay. Pero allí no están ni las Islas Vírgenes, bajo administración de Estados Unidos, ni el Estado de Delaware o Las Vegas, Nevada, donde es mucho más fácil lavar dinero que en ninguna otra parte del mundo.
No debe interpretarse lo anterior como una invitación al escepticismo; es, más bien, una invitación a algo que el Uruguay solía cultivar (con perfil bajo, como de costumbre, pero en serio): me refiero a la inteligencia. Esto es un llamado a la inteligencia, al discernimiento, a la exigencia de estar bien informados, y a la agilidad para estar despiertos. (Se me entiende, ¿no?) El Uruguay es un país pequeño; la conciencia de ello es un atributo necesario. El arma de los chicos no es el poder: son las buenas relaciones, la inteligencia y la vigilia.
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