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Hoy, domingo 19 de abril, se cumplen 184 años del desembarco de los Treinta y Tres orientales en la playa de La Agraciada. Bajo la consigna gloriosa de "Libertad o muerte", Lavalleja, Oribe y sus compañeros, juraron liberar la patria de la dominación extranjera y lo lograron.
Dijimos que se cumple dicho aniversario, hecho inevitable. Pero no que se conmemora, porque por deplorable decisión del gobierno del Frente Amplio, de unos años al presente la única fecha patria que se celebra oficialmente es la del natalicio de Artigas, el 19 de junio. No hay pues, hoy, ni ceremonia gubernamental de homenaje a aquellos "Treinta y Tres hombres que mi mente adora", al decir del poeta de la patria, ni embanderamiento de las oficinas públicas, creemos.
En otros tiempos, ciertamente mejores, el 19 de abril muchas residencias particulares lucían la bandera nacional. Luis Alberto Lacalle, en admirable necrológica sobre su madre fallecida casi centenaria, recordó que ésta, en todas las efemérides patrias, hacía flamear la bandera uruguaya en el balcón de su casa. Lo propio podemos decir, no pocos compatriotas de su generación, que hacían nuestros progenitores.
Cuando el presidente Vázquez resolvió podar drásticamente la celebración de los fastos patrios, no se alzó una sola voz contraria en la dirigencia del Frente. Para disuadirlo de firmar un necesario TLC con Estados Unidos, sí resonaron voces airadas, en su entorno. Pero conmemorar los feriados nacionales es cosa de menor cuantía, intrascendente, para esta gente.
Muchos nacionalistas -y no sólo ellos- están señalando la necesidad de que el próximo gobierno luche por restablecer los valores que otrora resplandecieron en nuestro Uruguay y cuya pérdida lo ha ido transformando en una sociedad decadente. Entre ellos, el respeto a la familia, al derecho de propiedad, a la autoridad legítima del gobierno, a las personas mayores y, en fin, a las normas de la buena educación.
Pero el primer valor a recuperar, inculcándolo en niños y jóvenes, es el del patriotismo, el del amor a la patria. Lo primero es ser patriotas, como ¡vaya si lo eran los treinta y tres orientales! Porque sin patriotas no hay patria que nazca ni que no esté condenada a su progresiva extinción. Es lo que ignoran Vázquez, Mujica, Astori y sus acólitos, siempre prestos para congraciarse, cuando no prosternarse, ante mediocres presidentes sudamericanos prisioneros de odios anacrónicos y de débiles o inexistentes convicciones democráticas. Y siempre lerdos u omisos a la hora de defender los intereses nacionales y de enaltecer la memoria de los fundadores de nuestra nacionalidad.
Un lejano día, en una maravillosa conferencia que sobre la patria pronunció en Melo, dijo el Dr. José Irureta Goyena: "Tenemos que envolver en nubes de incienso la memoria de nuestros héroes, porque fueron hombres humildes que dieron todo lo que tenían, reposo, fortuna y años de vida, por una patria tan humilde que sólo podía ofrecerles como recompensa de su sacrificio un poco de gratitud, de la pobre gratitud que es, ha sido y será el dinero único de la humildad".
"No le era dado ofrecer riquezas -prosiguió Irureta- porque no tenía siquiera caja de caudales, ni gloria, porque la gloria es el ditirambo de los poderosos, ni inmortalidad histórica, porque en los dominios de Clío sólo se entra de frac, y con el pecho reluciente de condecoraciones". Y agregó: "Un país que corta sus amarras con el pasado, es un país que se muere una vez en cada generación, que empieza y no continúa, que se olvida de lo que iba diciendo, que vive sólo en el presente, que es la manera de no haber vivido nunca y de no llegar a vivir jamás. No existe cumbre sin base, y la sociedad que desdeña la miríada de puntos de apoyo que representa el pasado, no llega con sus construcciones a las nubes, y si llega, las nubes rivalizan en solidez con las construcciones".
Expresó en 1881 José Pedro Ramírez que "La tradición de los Treinta y Tres y de la Florida representa la protesta armada contra la usurpación extranjera. Entonces se diseñaban dos escuelas políticas en los acontecimientos del Plata: la de las transacciones, de las evoluciones paulatinas y la escuela de las resoluciones definidas, de los propósitos indomables. Si en la vida ordinaria de los pueblos es posible optar entre esas dos escuelas, no sucede lo mismo cuando de un lado está el país y, del otro, la dominación extranjera. La segunda escuela fue la que Artigas sostuvo con un puñado de valientes y que los Treinta y Tres reivindicaron al desembarcar en el Arenal Grande".
Por todo ello, es una vergüenza que hoy no se conmemore la gloriosa fecha patria del 19 de abril.
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