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Sergio Abreu
En los últimos días la campaña electoral ha derivado en un escenario de confrontación y descalificación que va desde lo personal hasta lo institucional. Un enfrentamiento más cercano a una batalla campal en un escenario deportivo, que a una forma democrática de dirimir conflictos. Los distintos actores parecen interpretar que el que tiene más coraje es el que utiliza con mayor agudeza el estilete del agravio personal.
Este concurso de adjetivos le hace un grave daño al pluralismo y a la necesaria convivencia en la diversidad, fundamentalmente por aquellos que lo utilizan como parte de una estrategia y complemento de una vieja historia de vida alternada entre la violencia y la convivencia política.
Lamentablemente, esta es una forma de degradar la democracia y la calidad institucional del país; y ante ello, surgen naturalmente varias interrogantes: ¿qué puede dejar este enfrentamiento para la elección nacional y, en particular, para la segunda vuelta?; ¿qué nivel de desencuentro y resentimiento puede perdurar en el futuro como consecuencia de las inferidas ahora?
Como en otros tiempos, que quisiéramos enterrados para siempre, la mayoría de la población termina siendo espectadora entre los que se disputan la titularidad de las ideas salvadoras. Parece que se pretende ejercer un paternalismo indigno respecto de los únicos titulares del ejercicio de la soberanía. Todo se reduce a una política "marketinera" ajena a los planteos de fondo que todo el país está esperando. Y mientras la altanería intelectual alimenta esta confrontación, cientos de miles de ciudadanos perciben una vez más que los actores políticos principales se olvidan de sus problemas de todos los días.
Karl Popper expresa que el cometido de un gobernante "no es hacer feliz a la gente, sino cómo hacer para eliminar las causas que ocasionan su infelicidad". Su planteo advierte sobre el riesgo de que el escenario ideológico corra el riesgo de aplicar sus ideas, no como un ideal a alcanzar sino como una receta a seguir; en otras palabras, que la polarización determine que las soluciones a los problemas surjan de una respuesta única y universal ajena a la realidad que la ciudadanía vive.
El ciudadano común que somos todos, comienza a ver que muchos problemas de su vida cotidiana no son resueltos porque están mal encarados como tales, ya que la intolerancia intelectual de muchos actores pasa por descalificar al adversario antes que buscar una sintonía tangible que alcance el equilibrio justo que sólo se logra mediante la administración de insatisfacciones compartidas.
Al margen de todos estos adjetivos en boga, lo que quiere saber "Juan Pueblo" es: ¿cómo hacer para que todos tengan el mismo nivel de oportunidades?; ¿cómo hacer para combatir la inseguridad y la violencia cotidiana?; ¿cómo eliminar todo tipo de discriminación?; ¿cómo se puede lograr que los hijos no se vayan del país?; ¿cómo lograr que todos puedan alcanzar el más alto nivel de educación?; y cómo… tantas interrogantes más.
Ante todas estas carencias de una sociedad antiguamente más igualitaria, ha comenzado nuevamente a instalarse una peligrosa indiferencia frente a la institucionalidad y a la defensa de valores que en el ámbito democrático hacen a los Derechos Humanos en toda su expresión. Y esto se debe, entre otras cosas, a que algunos apuestan a eso, y a que otros entran en el juego de la polarización que, si bien no tiene armas en la mano, puede alcanzar los mismos resultados que en el pasado.
Por otro lado, no se trata de eliminar las pasiones de la actividad política ya que éstas hacen a la esencia de la naturaleza humana; es a partir de su reconocimiento que se llega a un conocimiento racional, que en modo alguno significa un pasaporte para el "vale todo".
El partido político que gane las elecciones nacionales, seguramente, no tendrá mayoría parlamentaria, por lo que los niveles de entendimiento y diálogo deben intentarse desde ahora, sin que ello signifique que las discrepancias sufran un proceso de "pasteurización". La democracia es la única institución que hace compatible la firmeza con la humildad. Pero si el agravio es el único instrumento de comunicación, no habrá posibilidades de establecer diálogos políticos que hagan gobernable al país de los próximos veinte años.
La prolongación del escenario de los últimos días puede transformarse en una "patología cultural" que termine ignorando que la tolerancia es el eje del relacionamiento político, basada en el respeto al adversario.
La auténtica madurez política sólo se alcanzará cuando seamos capaces de responsabilizarnos por nuestros fracasos colectivos, antes que recurrir al dedo descalificador para superar nuestras diferencias. Estamos a tiempo, aunque las señales que emitamos no sean las más esperanzadoras.
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