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Un país es, ante todo, lo que sus habitantes quieren que sea. Vale tanto como éstos. El capital humano es el más importante, en toda nación. Las riquezas naturales, las acumuladas en bienes materiales y dinero, las excelencias geográficas y climáticas, no valen mucho si el pueblo que con tales ventajas ha sido agraciado por la naturaleza sólo atina a disfrutar de ellas, a perseguir ventajas personales o sectoriales y es mayoritariamente alérgico al esfuerzo.
La Argentina, no nos place decirlo, es un claro ejemplo de este último tipo de países. Alemania y Japón, por el contrario, tras haber sido derrotados y ocupados por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial, se recuperaron rápidamente y ganaron el rango de potencias económicas gracias al esfuerzo y la lucidez de sus habitantes. El llamado milagro alemán fue, en realidad, el milagro de los alemanes. De su tenacidad y su sacrificio, sumados a su talento.
Para ser un país exitoso no se precisa tener una superficie extensa ni una población enorme. Los ejemplos que así lo evidencian, como el de Irlanda, sobran en el mundo actual. El vertiginoso avance de este pequeño país insular, no se debió a ningún gobernante genial ni a la ayuda desinteresada de los poderosos, que no son dados a prodigarla. Fue el fruto del esfuerzo de sus habitantes, que quieren mucho a su patria y un día -no hace mucho- decidieron dejar de ser un país de segunda categoría. Y lo lograron rápidamente.
Los uruguayos, entre tanto, hace ya muchas décadas -siete u ocho- que hemos perdido la conciencia de que todos debemos esperarlo de nosotros mismos. No de la providencia, de la beneficencia ajena ni de gobernantes armados de una varita mágica, de quienes siempre esperamos mucho más de lo que pueden hacer, en un mundo donde todos compiten y nadie regala nada. Y cuyo pueblo está acostumbrado a exigir soluciones, aportando poco para hacerlas viables.
Casi todos nuestros compatriotas no asumen la mínima responsabilidad por los problemas y carencias que afligen a la sociedad en que viven. Nada refleja mejor esta realidad que su pésima costumbre de referirse al Uruguay como "este" país. "En este país", oímos de continuo, pasa tal o cual cosa, casi siempre de signo negativo. Como si el problema a que se alude fuera de una entidad abstracta, de una entelequia ajena a quienes así hablan, olvidados de su condición irrenunciable de uruguayos. Es decir, de integrantes de una población que, en definitiva, es la responsable de todo lo malo y lo bueno que en su país sucede.
El Uruguay, al que siempre debemos referirnos como nuestro país, con orgullo, aunque muchas cosas marchen mal en él, es, al fin de cuentas, lo que los uruguayos hemos hecho que sea. Y si el país anda a los tumbos, en todo o en parte, no pretendamos escurrir el bulto, porque nuestra es la responsabilidad. Y no de otros países y gobiernos. Ni de nuestros gobernantes, a quienes nosotros elegimos, a veces con error. En este año, en que repetidas veces iremos a las urnas, elegiremos nuestro próximo gobierno, que durará tan solo cinco años. Hagámoslo bien, pero no le pidamos milagros, porque no los hará. Y seamos conscientes de que nuestra responsabilidad no concluye con la emisión del sufragio. Porque el destino de cada país se construye día a día, con el esfuerzo y el tesón de todos sus habitantes.
Sepamos, desde ya, que el papel de quien sucederá al Dr. Vázquez en la Presidencia de la República, así como el de sus ministros, no será el de satisfacer todos los reclamos, a menudo egoístas, porque ello no es posible. Sobre todo en un país económicamente modesto. El buen gobernante debe ser nacional, a fin de realizar la conciliación de las posiciones e intereses encontrados. De las voces discordes debe hacer resonar una única voz. Por sobre los antagonismos de siempre, debe hacer soplar el viento vivificante de la solidaridad nacional. Y saber no solo que la patria está por encima de los partidos sino que, además, la misma tiene, en el revuelto escenario internacional, intereses propios, que debe custodiar y defender.
Primero siempre lo nuestro. Y después lo ajeno, como enseñó Herrera. Regla que aplican sin fallas y con exceso, con invariable egoísmo nacional, todos los poderosos. Miope es esperar ayuda, de terceros, en razón de su apego desinteresado a la justicia. Nuestro país -no, este país- sólo saldrá adelante con el esfuerzo mancomunado de gobernantes y gobernados.
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