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ALFONSO LESSA
El miércoles pasado, en medio del ritmo cansino de la Semana Santa, el senador Jorge Larrañaga sorprendió al ex presidente Luis Alberto Lacalle, haciéndose presente en el homenaje a Luis Alberto de Herrera. Desde filas de Larrañaga, se presentó este hecho como un gesto afectuoso y de unidad partidaria. En medios herreristas, sin embargo, se lo leyó también como un movimiento electoral.
Pocos días atrás, al cumplirse el aniversario del fallecimiento de Wilson Ferreira Aldunate, hubo una cierta disputa por la herencia de su capital político. Y seguramente esa disputa se hará muy clara el próximo 16 de junio -a muy pocos día de las internas- cuando se cumpla un cuarto de siglo del retorno de Wilson Ferreira y su inmediata prisión.
El año pasado, José Rilla publicó el libro "La actualidad del pasado: usos de la historia en la política de partidos del Uruguay 1942-1972" en el que analiza profundamente este fenómeno.
Las campañas electorales constituyen el escenario privilegiado para capitalizar políticamente las mejores tradiciones de cada partido.
En el caso del Partido Nacional existe, por sobre todas las cosas, una sorda disputa por la herencia de Wilson Ferreira. Lacalle resulta sin duda el heredero natural de Luis Alberto de Herrera y no sólo por ser su nieto, sino también por haber tenido la capacidad para reorganizar al herrerismo hasta conducirlo nuevamente al gobierno en 1989.
Larrañaga, por su parte, tiene raíces claramente wilsonistas y está naturalmente identificado con el caudillo que desde 1971 revitalizó al Partido Nacional.
Hoy Lacalle y Larrañaga desde sus respectivos troncos, buscan triunfar en una interna muy competitiva ampliando sus bases. Por eso, Lacalle, fundió al Herrerismo en la UNA, en la que incluyó al senador Francisco Gallinal, de indudable cuño wilsonista. Y por lo mismo, Larrañaga logró el pasaje a sus filas de algunas figuras de destacada actuación durante el gobierno de Lacalle (Javier de Haedo Eduardo Álvarez Mazza, Alberto Volonté).
Estas incorporaciones también tienen relación con una de las características de la campaña que distingue a Larrañaga de Lacalle: mientras el primero basa buena parte de presencia pública en el equipo que lo secunda, Lacalle -sin descuidar a sus colaboradores- trabaja sobre todo, en base al peso de su propia figura.
Esta diferencia se hizo explícita en los recientes desayunos que por separado brindaron los dos en ADM. Mientras Larrañaga compareció rodeado de Sergio Abreu, De Haedo y Eber Da Rosa y pidió que también hablara Álvarez Mazza; Lacalle habló solo.
El Partido Nacional tiene una gran oportunidad para enfrentar con éxito las elecciones nacionales. Desde ya puede considerar como un capital un fenómeno que puede tener proyecciones históricas muy relevantes en la reconfiguración del sistema de partidos del país: es, de los partidos tradicionales, el que se ha consolidado como la única alternativa ante la izquierda. Y esto ocurre por segunda vez consecutiva.
Para los blancos, una interna competitiva, con dos candidatos fuertes y bien diferenciados, constituye un capital. Sin embargo, es imposible competir realmente en una elección -sea interna o nacional- sin controvertir con el adversario, al menos de modo controlado.
En el Herrerismo hubo quienes interpretaron la presencia de Larrañaga en el homenaje a Herrera, como un giro táctico de reconocimiento de que la confrontación interna no daría resultados. Otros no piensan lo mismo. Habrá que ver.
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