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MARCELLO FIGUEREDO
He consagrado esta semana tan espiritual a una faena bastante materialista y casi non sancta: tratar de entender el intríngulis de la OCDE, el G20, las listas negras, los paraísos fiscales y nosotros, que por fin fuimos noticia en el mundo, al menos por unos días.
Seguí los informativos atentamente, leí decenas de artículos y columnas de opinión y hasta me fui al cine a ver Agente Internacional, que trata de bancos, asesinos y otras maldades financieras; pero les confieso que todo ha sido en vano. He llegado a una única conclusión, nada Pascual por cierto. Todo parece una farsa.
En primer lugar, por una cuestión de formas. Listas negras, lo que se dice listas negras, eran las de antes. ¿Dónde se ha visto que alcance una llamada telefónica para que lo borren a uno de un plumazo? Imaginen la escena. Aló, ¿señor López Rega?, aquí Horacio Guaraní al habla. Le juro que de ahora en más voy a hacer los deberes. ¿Tendrían usted y su Triple A la gentileza de desamenazarme de muerte? No suena serio, ¿verdad?
Dos. Resulta igualmente gracioso que los abanderados del despilfarro, los codiciosos que no dejaron una sola migaja arriba de la mesa y voltearon al mundo patas arriba, vengan ahora a poner la casa en orden. ¿Tan necesitados de caja quedaron? Y en cuanto a los del G20, ¿alguien puede tomarse en serio una reunión en la que Cristina Fernández se cuela entre los más poderosos del planeta y Berlusconi se saca una fotito palmeando con una mano a Obama y con la otra a Medvedev?
Tres. Volviendo a casa, no me digan que no les parece delicioso que la Patria Financiera haya desplazado sus fronteras de Oeste a Este, o lo que es igual, de derecha a izquierda. Quiero decir: ¿no es una gozada ver al Frente Amplio rasgándose las vestiduras por el secreto bancario, los inversores internacionales y los ahorristas extranjeros? ¿No es fascinante escuchar a ciertos progresistas desencajados, advirtiéndonos que todo ello es poco menos que una cuestión de Estado? ¿Y qué me dicen del acuerdo tripartito entre Astori, Carámbula y Mujica para no hablar más del asunto durante la campaña y así no meter la pata?
Cuatro. Hablando de Mujica, aunque ya no sé si da para bromas, ¿cómo calificar la actitud de un líder que con serias posibilidades de convertirse en el próximo presidente de la República vuelve a posar de outsider y deja en orsai al resto del sistema político, como si él jugara otro partido? ¿No les parece que esta película ya la vimos? Y dicho sea de paso, ¿a qué victoria se refería? ¿Qué ganó, concretamente?
Cinco. Díganme, por último, si no les corre cierto frío por la espalda y no les dan ganas de quemar todas las bibliotecas viéndolo a él alineado con Sarkozy y a Ignacio de Posadas cerrando filas con Tabaré Vázquez. Debe estar pasando algo muy grave, pero todavía nadie nos ha llamado por teléfono para avisarnos.
De momento, yo sigo sin comprender qué tenía de malo vivir en el paraíso. Y hasta que alguien me demuestre lo contrario, tengo toda la sensación de que lo nuestro se ha convertido en un infierno.
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