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LETICIA HORNOS
El viejo se reía raro, para adentro, como si no quisiera. El cuerpo permanecía inmóvil. Los brazos cruzados en el pecho. La risa era un gesto de la boca y de la garganta, sin ojos. De la respiración, sobre todo.
En la frontera no hay cultura, dijo y se rió, como ahogándose. Se refería a la gente que tira basura desde autos nuevos que llegan desde Rivera.
La bajada de Pena está entre Tranqueras y Masoller. Desde allí se puede bajar a la quebrada del arroyo Rubio Chico, que no es de nadie o es de todos, pero se construyó el hábito y ya nadie pasa sin preguntar. Por eso conocimos al viejo. Íbamos a pedir permiso.
Atravesamos la portera que estaba abierta. Se acercó una vaca. No, primero salieron tres o cuatro perros, ladrando. Una perra grande y vieja rengueaba de una pata, tenía un dedo rojo e hinchado. Le faltaba la uña. Se veía feo, tendrían que amputárselo, pensé con lástima.
Salió Pedro y sacó a los perros. La renga se quedó pegada a las piernas de Nico.
Pedro era uno de los hijos del viejo. Era joven y traía puesta una bermuda y una musculosa azul. Un atípico en ese entorno de campo, botas y facón. Nos explicó cómo bajar a la quebrada sin mirarnos a la cara. Su cuerpo estaba de lado y los brazos como flechas apuntaban por dónde era mejor atravesar el campo y bajar la pared de piedra y vegetación, antes de alcanzar el cauce del arroyo.
A paso rápido apareció desde la casa el viejo, así que Pedro se calló y al rato se fue. Alcancé a verle una cicatriz enorme que le atravesaba el cuello. Una marca gruesa y morada, como un bicho peludo monstruoso pegado a la yugular y que se extendía más allá. Pensé en una pelea. Un pueblo y una pelea.
El viejo habló con Nico. Quise intervenir, pero me callé cuando lanzó una mirada fugaz, de animalito nervioso, a mis tetas. Horizonte-tetas, horizonte-tetas. Rapidito, huyendo de sí mismo. Viejo de mierda, pensé. Por las dudas revisé que todo en mi cuerpo estuviera en su sitio y allí estaba todo. Lo de siempre.
Le gustaba hablar de sí mismo y escucharse. Presumía: la necesidad de permanecer, de hacer hijos o plantar árboles. Lapachillos, pitangas y guayabos. De no tocar nada allá abajo, en la quebrada. De permitir la entrada a sus campos sin esperar nada a cambio. Hablaba como si durante los veintidós años que llevaba viviendo allí, mientras ordeñaba las vacas o carpía la tierra, mientras repartía minerales a unas vacas hartas de un suelo demasiado dulce, el viejo hubiese elaborado la teoría de la frontera sin haber dado con el interlocutor competente que lo comprendiera.
Antes tuvo el viejo un camión. Viajaba a Montevideo cuando vendía carne al frigorífico Carrasco. Ahora ya casi no iba, aunque tres de sus hijos estudiaban allí.
Una niña de no más de siete años con cara de dormida se había sumado a la conversación mientras masticaba un pedazo de pan. "Salude m`hija." Nos dio un beso sin decir su nombre. "Catalina", intervino molesto, el padre.
A Pedro lo habían degollado. "Lo pecharon y lo dejaron tirado", contó el viejo. Fue un noviembre. Pedro trabajaba en Maldonado. Cruzó la calle y un auto lo atropelló. La cinta del termo que le cruzaba el pecho se le trepó al cuello y se lo cortó. Atrás del auto venía una enfermera. Lo sedó y le pinzó las arterias. Al poco rato vino la ambulancia y lo llevó al hospital, donde casi se muere. "Pero no era para él", dijo y tosió el viejo, riendo.
Era casi de noche cuando subimos de la quebrada. De lejos vimos al viejo que volvía apurado del maizal. Catalina estaba parada junto al alambrado que separaba su casa del galpón, donde la mujer y Pedro entraban a los cerdos y a un ternero.
"¿Están cansados?", preguntó Catalina. Parecía broma, estábamos exhaustos.
Nos alcanzó el viejo con una botella de agua fría y con sabor. Lo del sabor por el asunto del suelo y las sales minerales. En esos campos las vacas te rodean esperando sal. La sal que no hay. El agua es dulce, "agua con sabor a agua". El viejo me ofreció la botella y tomé del pico. La relación había cambiado. Tenía algo de paternal.
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