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Juan MartÍn Posadas
Cualquier persona que circule por Montevideo notará la cantidad de árboles del ornato público que se han secado. En todos los puntos de la ciudad y todas las variedades de árboles: plátanos, olmos, tipas, jacarandaes, paraísos, algún palo borracho de la Avda. Ponce e incluso algún Ginko de Sarmiento.
Se trata de una pérdida dolorosa para la ciudad. Montevideo es una de las capitales más arboladas; allí hay un preciado patrimonio estético de la ciudad y, en la medida en que es público, de todos los montevideanos. La belleza es un activo tangible de la ciudad, tanto para quien la percibe y la disfruta como para quien le es indiferente (hasta el día en que le falta y empieza a echarla de menos).
En algunos casos las autoridades municipales han hecho frente al asunto, pero el enfoque con que se procede no es acertado. Cortan todas las ramas secas, probablemente por precaución de que no le caiga alguna en la cabeza al transeúnte, y dejan atrás los troncos, enormes muñones de dos o tres metros de alto, vestigios esperpénticos del celo con que viejas administraciones municipales bregaron por embellecer el hábitat de los montevideanos. Esta política municipal revela una preocupación práctica y un menosprecio estético. ¿Dará tanto trabajo extirpar de raíz los troncos y plantar, en el mismo acto, un arbolito nuevo? ¿Cuántos años van a quedar en las veredas los troncos muertos?
Hay gente que interpreta la belleza como un lujo, como algo superfluo, propio de burgueses ociosos. Consideran la elegancia y el esmero en la presentación como algo pituco, ajeno a lo popular y poco auténtico. A poco que se reflexione queda de manifiesto que este modo de ver las cosas es derogatorio del pueblo con quien quieren identificarse y contiene un bajo concepto de la gente común y de lo popular, como si el desarreglo, la desprolijidad y lo feo fueran lo propio del pueblo. El desprecio por el aliño pasó a ser en el Uruguay una nota de progresismo y los grises se han elegido como la estética políticamente correcta en cierto cuadrante partidario. La revista Guambia, en su época de esplendor, supo describir con gracejo lo que calificaba de frenteamplio look.
La valoración de lo hermoso, el cultivo de la estética, no tiene nada que ver con el capitalismo, ni con la riqueza, ni con el lujo ostentoso. Una lata en la ventana con un malvón no cuesta nada y dice mucho de la persona que lo riega cada mañana. Hasta el paisano más pobre encuentra gusto en tusar con esmero a su pingo. La persona que se arregla, que cultiva un sentido estético mínimo, revela un mejor concepto de sí misma.
En estos días se habla mucho de valores; está bien. El aprecio de la belleza, el valor concedido a la estética, la cultura de la pulcritud, son uno de ellos. Hay que cultivarlos, no descuidarlos ni menospreciarlos como caprichos superfluos, impropios de aspiraciones reputadas como razonables para el ciudadano común.
Montevideo es una ciudad vejada por la mugre, llena de basura (y de justificaciones a la incapacidad de levantarla), con plazas descuidadas, monumentos vandalizados y muros grafiteados: ciudad aposentada en el abandono, sin coquetería, sin respeto por su pinta, inducida al desaliño como pose populista. Eso es señal de postración.
Por el contrario, todo lo que se haga (y se explique) para mejorar el aspecto estético de la ciudad, redundará en una mejor calidad de vida para los montevideanos. Y mejorará su autoestima. Sí: su autoestima.
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