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MARCELLO FIGUEREDO
Parece que la mano viene de La Teja contra Carrasco, de bluetooth contra bicicleteadas, de mate amargo contra YouTube, de mersas contra pitucos, de ricos contra pobres. A la luz de las encuestas, no son pocos los que afirman que el Uruguay político se encamina hacia un escenario de polarización, de modo que el temido fantasma de dos familias (ideológicas) peleándose en el patio del fondo puede instalarse más temprano que tarde entre nosotros. Un país partido al medio, pues. Justo cuando al mundo viene de quedarle clarísimo que no hay derecha o izquierda que valga contra el poder del dinero; justo cuando hasta el presidente de la primera potencia capitalista viene de advertir que no habrá clases medias sólidas sin sindicatos fuertes. Pero aquí no nos entendemos.
Pensándolo bien, ¿hay algo nuevo bajo el sol, o nosotros, que nacimos con la raíz partida, habremos estado polarizados desde siempre? Peor aún, ¿no seremos un país de bipolares, un país de gauchos que se hacen los buenos pero en verdad son unos jodidos y apenas se pasan de rosca con la carne roja y el vino tinto cascan mujeres, manosean gurises y ajustan cuentas con los parientes que odian mandándolos a mejor vida el día menos pensado? Perdón por el exabrupto, pero la polarización preelectoral es contagiosa, y a uno se le despierta el extremista que todos los uruguayos llevamos dentro desde los tiempos de Carpintería. Polarizados, decía. No puede haber un escenario más desalentador, aunque los defensores del voto útil anoten con razón que una puja política de ese tipo no haría más que desenmascarar una brecha social de larga data y obligar a que la ciudadanía elija, por fin, un claro modelo de país. Malas noticias: gane quien gane (lo cual sucederá, además, por muy estrecho margen) ambos países deberán seguir conviviendo. Así que más vale que se vayan poniendo de acuerdo desde ya.
Volviendo a lo que nos separa, ¿cuándo se consagró la fractura? ¿En qué momento la sociedad uruguaya dejó de creer en la integración y decidió apostar al enfrentamiento? Y los responsables del cisma, ¿militan en un solo bando o están repartidos en ambos polos?
Nos haría falta una legión de expertos (no sólo encuestadores y politólogos, por favor) para entender por qué este país decidió suicidarse, para explicar cómo fuimos tirando al río un bagaje cultural acumulado durante años hasta llegar a la glorificación de la ignorancia, impuesta hoy en tantos ámbitos de la vida nacional.
Pero ahora no tenemos tiempo para ocuparnos de esas cosas. La campaña se recalienta y estamos invitados a cotejar dos propuestas diametralmente opuestas para el Uruguay del futuro. ¿Futuro? ¿No será que la mayor habilidad de los candidatos polares ha sido la de sintonizar con nuestros atavismos, con el pasado, que es el verdadero lugar donde habitan los sueños uruguayos? ¿No habitaremos un país que, lejos de haber cambiado, se parece cada vez más a sí mismo?
Un país polarizado, otra vez. Qué pereza. Qué tristeza.
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