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Viernes 27.03.2009, 18:28 hs l Montevideo, Uruguay
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Espectáculos

Vibrante y emotiva actuación de Nibya Mariño junto a la Ossodre

Homenaje. El Sodre conmemoró los 90 años de la pianista en el Auditorio

ALEXANDER LALUZ

La Ossodre, con la batuta de Piero Gamba, finalmente realizó el pasado miércoles, el tan esperado homenaje a Nibya Mariño. Con un Auditorio colmado, se revisitó a Gluck, Beethoven y a Dvorak, en un tiempo signado por otra crisis del instituto.

Nibya Mariño conmueve como en sus mejores épocas. El escenario es como su segunda (o quizás primera) casa. Y el piano, una extensión de su cuerpo. A los noventa años, su mito sigue intacto y encarnado en una mujer de carácter, que puede arremeter con el Concierto para piano N°4 Op. 58 de Beethoven, desbordando energía, memoria, expresividad, sin delatar el paso de los años.

Su delgada y frágil figura ingresó con paso lento al escenario. Se tomó el tiempo, como siempre, para acomodar la butaca en medio de los aplausos de una sala colmada. El silencio. Las manos inquietas de Nibya se ejercitaron para encontrar la tonicidad muscular justa. En este concierto de Beethoven, el piano es el encargado de abrir el primer movimiento (allegro moderato) con un enérgico y rítmico material temático que luego es reexpuesto por la orquesta. Y Nibya le dio ese aire justo, imprescindible para traducir la precisa articulación que reclama este comienzo.

Las extensas cadencias que tiene esta obra son un desafío para cualquier concertista. Complejas en lo técnico y lo expresivo, engarzan segmentos de elegancia clásica con vehementes y dramáticas irrupciones de virtuosismo. Beethoven inició la composición de este concierto en 1805, casi a la par de su Quinta sinfonía Op. 67 y Sexta sinfonía Op. 68 "Pastoral". El estreno se realizó tres años después, en un concierto privado, íntegramente dedicado a la obra de Beethoven, en la mansión del príncipe Lobkowitz, en Viena.

Aquel fue un tiempo de cambios, de batallas interiores y exteriores. El maestro de Bonn ya sufría los estragos de la sordera, y el aspecto físico denotaba su crisis anímica y psicológica. Una situación que se agravaba con los conocidos líos amorosos que tenía con varias mujeres. Y semejante revuelta interior tenía como marco a una ciudad conmocionada por la primera invasión napoleónica.

Todos estos elementos cargan de un sentido muy especial la original factura de esta obra. Nibya, que conoce muy bien esta historia, la utilizó para un delicado tratamiento de los climas, texturas contrastantes, vehementes descargas de acordes y escalas, así como pequeñas e íntimas inflexiones melódicas. En el diálogo con la orquesta, el rendimiento de la obra tuvo algunos momentos de riesgoso desajuste. Aún así, la orquesta y Piero Gamba, su director, bregaron por mantener la continuidad, el juego de intensiones expresivas, lidiando ("como se pueda") con los ya clásicos problemas de este colectivo sinfónico.

Pero en la noche del miércoles, el homenaje a Mariño también vivió, en el contexto de su música, otro tiempo de crisis, cambios, riesgos. Su figura y su performance marcaron un contraste radical con la preocupante inestabilidad (¿y falta de rumbo?) que padece el Sodre. Su programación anual está cercada por peligrosos signos de interrogación debido a cuestiones presupuestales y (¿nuevos?) criterios para contratación de artistas, mientras los cuerpos estables están sumergidos de nuevo en el conflicto.

En el caso particular de la Ossodre, por la falta de instrumentos, músicos sin regularizar su situación contractual, salarios bajísimos. Y caber recordar aquí otro grave problema de este cuerpo, y que sigue sin ser atendido: las serias dificultades para levantar la calidad de sus perfomances, en lo que gravita, sin lugar a dudas, la falta de un director estable. El cuerpo de baile, por otro lado, en pleno arranque de su temporada con nuevo director, Miguel Robles, y la coreógrafa Paula Argüelles como invitada, pero con una diezmada producción: caché y sueldos no pagos, presupuestos que fueron reducidos en las últimas semanas, entre otros.

La institución, el "buque insignia de la cultura", queda por enésima vez mirando la tormenta que se avecina con el timón trancado y una carta de navegación que, por lo visto, o está demorando demasiado en llegar o directamente no existe. En semejante contexto, lo de Nibya Mariño fue una un emotivo reencuentro con una historia que está ya demasiado lejos de las batallas del presente.

El País Digital

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