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Antonio Mercader
Fui de los primeros en saludar la llegada de Daisy Tourné al ministerio del Interior. Venía con fama de mujer templada y componedora, capaz de lidiar hábilmente con los problemas de la seguridad pública. Tenía además la ventaja de suceder a un ministro, José Díaz, que no conformó a nadie. Además, contaba con buenos antecedentes. Maestra, líder sindical, dos veces diputada, aceptada por legisladores de todos los partidos, parecía la persona ideal para cumplir su rol como la primera mujer ministra en una cartera peliaguda.
Sin embargo, después de dos años en el cargo, un balance de su actuación no la deja bien parada. Lo cantan las estadísticas sobre el aumento de delitos tan temibles como las rapiñas así como las encuestas que ubican a la inseguridad -por primera vez desde que hay en nuestro país sondeos de opinión- como la mayor inquietud de la gente, incluso por encima de la amenaza del desempleo. De todos modos, hay que decir en su descargo que el problema no es de fácil solución y que cargar las tintas sólo sobre su persona sería como pedirle que hiciera milagros.
En cambio, sí merece reprobación su labor política, lo que es grave porque en nuestra tradición institucional el ministerio del Interior es el "ministerio político", el que, entre otras cosas, debe relacionarse con la oposición en nombre del gobierno. "Ministerio de Gobierno" se lo llamaba antaño por su función articuladora tan valiosa en una democracia. Por eso, cuando Tourné asumió en marzo de 2007, muchos la apoyaron por su calidad de legisladora avezada, su disposición al diálogo y su fluida relación con los partidos políticos.
Este rol político adicional refulge en tiempo de elecciones pues el ministerio del Interior debe supervisar y controlar la marcha de la campaña electoral y el acto eleccionario, una responsabilidad mayúscula. Por tanto, quien lo conduce debe exhibir las dotes de ecuanimidad y prudencia, lo que no priva al ministro/a de tener su corazoncito político y de ejercitar un cierto activismo dentro del tono de moderación que su investidura aconseja.
Y aquí está la peor falla de Tourné. En un medio como el nuestro, en donde la sobriedad es la regla, su propensión al vedetismo -cabalgatas, "facebook" y foto en la ducha, por ejemplo- le atrajo un alud de críticas que ella siempre valoró como políticas y que terminaron por sacarla de quicio.
Esa crispación, acentuada por las denuncias de inseguridad que recibe de continuo, se tradujo en agresividad hacia la oposición ("los partidos tradicionales destruyeron el país"), hacia sus antecesores ("he sido mejor ministra que muchos hombres") y hacia la prensa ("¡andá a hacer política a otro lado!", le gruñó a una periodista en Mercedes).
El pasado fin de semana la halló en la campaña de Astori y dando palos a ex ministros del Interior, a candidatos presidenciales y a políticos que le disgustan. Muestra de ello fue su acometida contra el senador Francisco Gallinal. "Si al senador Gallinal le molesta que me ría, me voy a reír, porque, contrario a lo que él piensa, cuando esta mujer se ríe, se ríe el pueblo que él no representa", lapidó. Un comentario desaforado sobre un senador que ganó su banca gracias al voto popular y es una figura destacada dentro del Partido Nacional.
En ese estado de alteración, Tourné no ofrece garantías en la conducción del proceso electoral. Alguien debería llamarla al orden y decirle que se está pasando de la raya. En un año crucial el ministerio del Interior requiere mayor ponderación y, sobre todo, una serenidad.
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