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Es sabido que los términos izquierda y derecha, en el ámbito político y social, emanan de una circunstancia espacial originada durante la Revolución Francesa. Aquellos que se agrupaban a la izquierda en el hemiciclo de la Convención recibían el nombre relacionado con su ubicación: eran antimonárquicos, o sea, republicanos, liberales y demócratas. A la derecha, en cambio, estaban los que de alguna manera se identificaban con el Antiguo Régimen y, por tanto, eran considerados retrógrados y conservadores, una carga que aún se les endosa por parte de sus adversarios. Los primeros constituían la Montaña (se sentaban en las gradas superiores) mientras que los segundos integraban la Gironda (nombre de un departamento) que denotaba su origen provincial.
Este pequeño esquema no se ajustaría a la realidad si no se registrara que, más allá de las palabras, en la Montaña se localizaron las fuerzas y los personajes que protagonizaron el espantoso baño de sangre del Gran Terror, el cual, iniciando una tradición que todavía perdura inmoló a sus propios líderes e hizo funcionar a la guillotina hasta el paroxismo.
Pasa el tiempo y la izquierda se consubstancia con las corrientes marxistas y similares, mientras la derecha lo hace con la economía de mercado y el sistema capitalista. Hoy en día, ambos términos han perdido su sentido inicial pues toman, cada uno del otro, algo de su contenido, de tal modo que se han vuelto arcaicos y confuso. En consecuencia, se impone juzgar por sus actos reales y no por sus teorizaciones a quienes enarbolan sus respectivas banderas.
Pasaremos a referirnos sólo a la tendencia izquierdista ya que, actualmente, es la que gobierna en nuestro país. Al respecto, cabe reconocer que en sus cuadros figuran, como es obvio, grupos moderados y grupos extremistas.
Olvidando ciertos extravíos pre electorales -el Dr. Vázquez prometió "hacer temblar hasta las raíces de los árboles" y "recurrir tantas veces como sea necesario a plebiscitos si el Parlamento le retaceaba su apoyo"-, no puede negarse que su gestión presidencial ha transcurrido dentro de márgenes de sensatez y templanza. En realidad -tal como ocurre con la izquierda moderada de todo el mundo- su sector ha tenido que luchar más con los extremistas de su propio partido que contra sus opositores tradicionales.
En efecto, son los grupos más radicalizados del Frente Amplio -no todos, es cierto- los que han propuesto eliminar el Senado y las Fuerzas Armadas, no pagar la deuda externa, eliminar la Ley de Caducidad, romper con el FMI y otros organismos internacionales, congelar las tarifas públicas, otorgar un salario a los desocupados, derogar las AFAP, ejercer la democracia directa y plebiscitaria, reenfatizar todo lo ya privatizado, reducir la jornada laboral sin rebajar los salarios, disponer que las empresas que cierren pasen a ser gestionadas por los trabajadores apoyados por un subsidio estatal, efectuar una reforma agraria con nuevas disposiciones sobre la propiedad de la tierra, nacionalizar la banca y estatizar el comercio exterior. Éstas y otras exigencias radicales habrían sumergido a nuestro país en el pantanal económico en el que se sumieron todos los que experimentaron las fracasadas recetas socialistas. Pero, además, habrían abierto de par en par las puertas del Uruguay al totalitarismo marxista.
Dentro de este panorama surge lo que Carlos Montaner llama "la izquierda bananera", la de Chávez y sus imitadores, una izquierda marxista, crispada, antioccidental, autoritaria, vociferante, populista, dirigista e histriónica.
Todo esto constituye el alimento habitual de los extremistas de izquierda. Sus principios, sus tácticas y sus intransigencias inficionan nuestra cultura tradicional, subvierten sus valores y debilitan sus defensas.
El británico Martin Amis advertía alarmado, que "intelectuales, políticos, académicos, profesionales silenciaron uno de los regímenes más salvajemente brutales que haya conocido la humanidad". Un silencio cómplice. A los crímenes del estalinismo hay que agregar los de la China maoísta, Corea del Norte, Cuba castrista y otros. ¿Cien millones de muertos o más?
En nombre del socialismo marxista y de su supuesto cientismo, el s. XX revivió al Gran Terror de fines del s. XVIII. El peligro no se ha extinguido. Rememoremos, pues, el consejo que el presidente Allende le diera al Gral. Seregni: "¡Cuidado con los ultras!"
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