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María Julia Pou
Días pasados tuve la oportunidad de acompañar a una amiga una turista europea en su recorrida por la capital- en lo que era su primera visita a nuestro país. Fue una buena oportunidad para re-conocer nuestra ciudad, sus monumentos, sus plazas y por supuesto su gente. A veces me pasa -nos pasa- que perdemos perspectiva de las cosas por estar metidos dentro de ese panorama, por ser parte del mismo, por ser cada uno de nosotros un actor más en ese escenario.
Hoy quiero compartir con los lectores parte de mi experiencia. En primer lugar, a veces no nos damos cuenta de la discreta impresión que nuestro principal aeropuerto le causa al viajero que llega, pero esta vez tuve la buena idea de anunciar la próxima inauguración de la aerodinámica terminal con que contaremos en un plazo no demasiado largo y de rodear las obras que avanzan mostrando un alarde de arquitectura nacional que nos reubica en la avanzada en la materia. Los comentarios no se hicieron esperar: el diseño espectacular de Rafael Vignoli mostró la calidad de nuestros arquitectos y los elogios no se escatimaron. De ahora en más miraré y admiraré cada vez que pase por el lugar no sólo el futuro aeropuerto, sino que recordaré como algo que no debe suceder nunca más las bizantinas discusiones que tuvieron lugar en los años anteriores acerca de la concesión de la obra en cuestión.
En el recorrido hacia el centro me pareció una buena idea ir por caminos menos habituales con el objetivo de mostrarle a la viajera otras imágenes de la ciudad. En ese momento los comentarios empezaron a ser menos elogiosos: Montevideo luce descuidada y agredida en su paisaje no sólo por los graffiti que abundan ensuciándolo todo sino que la campaña electoral contribuye a empeorar las cosas. Comentamos a nuestra visita que la Intendencia de Montevideo estaría planteando alguna sanción para quienes incurrieran en las habituales prácticas de "marketing" con pintura en forma descontrolada. Segunda oportunidad en la que pudimos tener una respuesta -una prospectiva- satisfactoria.
Más difícil fue la conversación -lectura del diario mediante- acerca del comportamiento de los uruguayos en el fútbol, en la Cámara de Diputados y todos los días en las calles adonde la violencia y la inseguridad son noticia. Pero siempre pude recurrir a la sociedad uruguaya y sus valores tradicionales para trasmitir que tenemos por delante la posibilidad de crecer en valores -en cultura- e ir dejando atrás las manifestaciones del subdesarrollo. Nuestro diálogo se centró en lo que las estadísticas nos sugieren acerca de lo que los uruguayos queremos para nuestros hijos: más y mejor educación.
En el viaje de regreso -a los pocos días- hacia el aeropuerto resolví que fuera la Rambla que dejara en su retina los últimos recuerdos. No me equivoqué: al transitar por Pocitos tuvimos que detenernos a disfrutar del Museo del Louvre en Montevideo y comentar del acierto de la exhibición. Tierra de contrastes la nuestra, tierra de oportunidad de mejorar. Lo tenemos todo: la mejor gente como dijera Lord Ponsomby hace ya mucho tiempo, una tierra privilegiada, una sociedad con espíritu de superación en su mayoría, y una capacidad para integrar a todos siempre y cuando el sentido sea ascendente.
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