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El sábado pasado, los diarios informaron que la Intendencia Municipal de Montevideo impondrá una "libreta de puntos" a los conductores de vehículos. Reforzando las abundantes medidas de control que actualmente están vigentes, ese nuevo documento comenzará a regir en meses próximos y contendrá 15 puntos que el titular irá perdiendo a medida que cometa infracciones, de manera que además de las multas que en cada caso deba pagar, se le tacharán algunos puntos de acuerdo a la gravedad de la falta en que haya incurrido. Cuando sólo le queden 3 puntos en la libreta, el conductor será advertido por la Intendencia. Pero si pierde todos los puntos, se le suspenderá la libreta de chofer.
Al día siguiente -domingo 15- los diarios aportaron más información en materia de tránsito. Dijeron que a partir del lunes 16 volvía a bajar el nivel de alcohol en la sangre que admite la comuna montevideana para todos los conductores de vehículos, "incluyendo motos y bicicletas". Inicialmente ese control -que se ejerce mediante pruebas de espirometría- toleraba 0,8 gramos de alcohol por litro de sangre, medida que rigió desde 1994 hasta noviembre de 2008, en que la tasa admitida bajó a 0,5 gramos por litro. Ahora ha vuelto a bajar y desde el lunes equivale a un vaso de cerveza, una copa de vino o una medida de whisky. Conviene que los descuidados sepan que en Montevideo la multa por espirometría positiva es de 15 unidades reajustables, es decir $ 6.180, por el momento.
Todo ello parece indicar que la Intendencia se ha propuesto endurecer los rigores que aplica a la circulación vehicular, una tendencia previsible en vista del empinado número de accidentes callejeros que se registran en Montevideo y del alto porcentaje de esos episodios que luego tiene un saldo trágico. Las exigencias municipales incluyen por ejemplo el control de las luces de cada unidad, el uso de cinturón de seguridad, la velocidad de desplazamiento, la obediencia a los carteles que ordenan parar o ceder el paso, el respeto de los semáforos o la realización de maniobras imprudentes, entre otras normas. Durante el año 2008, la comuna aplicó 195.580 multas, lo cual refleja la severidad del sistema en busca -se supone- de una mayor disciplina en el tránsito y una mayor responsabilidad de parte del conductor.
Pero el viernes 13 la prensa había divulgado otra noticia vinculada a la Intendencia y a la circulación vial, que desmentía toda ilusión que el lector pudiera hacerse en materia de disciplina y responsabilidad. Esa información decía que la comuna otorgará un subsidio de $3.000 a los hijos de hurgadores que renuncien a trabajar con la basura, iniciándolos en el aprendizaje de un oficio para alejarlos de esa actividad que los eufemismos oficiales denominan "clasificación" o "reciclaje", aunque consiste en algo más feo. Inobjetable desde un punto de vista humanitario, esa idea de rescatar a los hijos tiene en el papel un indudable alcance social, un interesante sesgo laboral y un meritorio sentido cultural, al tratar de impedir que el desempeño de hurgador se convierta en una condena hereditaria.
En los hechos, sin embargo, será difícil lograr esos objetivos. La medida abarca a adolescentes entre 15 y 18 años, pero también hay muchísimos niños trabajando en la basura por debajo de tales edades. El plan comenzará aplicándose a algunas decenas de jóvenes, pero son miles los que ya están incorporados al circuito de hurgadores. No parece creíble que ese panorama pueda ser controlado o supervisado eficazmente y tampoco que puedan instrumentarse plazos y cuotas capaces de remediarlo. Tales dificultades, entre otras, son el precio que las autoridades deben pagar ahora por su imperdonable indulgencia frente a los carros y por la doble moral que han aplicado durante años en el tema del tránsito, donde algunos conductores son imputables y otros inimputables. En ese terreno parece aceptable que la Intendencia sancione a los ciclistas (las bicicletas "son un vehículo más") pero resulta en cambio inadmisible que perdone a miles de carros hurgadores todas las infracciones que cometen al circular sin luces, a contramano o manejados por menores. En definitiva, los carros ¿no son un vehículo más? Y entonces ¿dónde quedan la disciplina y la responsabilidad? Quedan sujetas al pintoresco reglamento municipal, que consiste en vigilar con un ojo abierto y otro cerrado.
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