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MARCELLO FIGUEREDO
Si las encuestas de opinión pública divulgadas en estos días no están muy erradas, es bastante probable que el próximo presidente de la República no cuente con el respaldo de una mayoría parlamentaria como la que protege hoy a Tabaré Vázquez, el presidente burlón.
Por un lado, eso permite pronosticar que, llegada la hora de gobernar, el futuro mandatario tendrá que lidiar con un escenario bastante más complejo que el actual; pero también nos augura, desde la óptica ciudadana, un alivio nada menor: si al próximo presidente se le ocurriera jopear la Constitución (como ha hecho Vázquez el sábado 7, montando con nuestro dinero un tinglado para dar rienda suelta a su megalomanía y burlarse de todo), estaremos algo menos indefensos.
Porque el presidente Vázquez no sólo se burló de Jorge Larrañaga, cuya mala fonética ha quedado automáticamente ennoblecida por ese gratuito e inédito golpe bajo que la acalorada ministra del Interior ha calificado alegremente de pavada. Vázquez se burló de nuestras tradiciones republicanas, disfrazando de rendición de cuentas gubernamental un acto a todas luces proselitista: tan sectario, que sólo tenía como objetivo reposicionarlo a él en medio de una tormentosa interna.
Se burló de nuestra inteligencia, al pretender convencernos de que vivimos casi en el mejor de los mundos. Se burló del sentido común, afirmando que un dispendioso y tedioso acto público era una inversión y no un gasto.
Se burló por enésima vez de los medios de comunicación (los mismos que a esa hora estaban transmitiendo su discurso), y se burló, incluso, de sus propios ministros, valiéndose de ellos como entusiasta claque para festejar un discurso que, por mucho que citara sus méritos, estaba más bien inspirado en la lucha de dos compañeros sentados abajo y no arriba del estrado.
Hace exactamente un año, cuando seis de cada diez uruguayos no aprobaban su gestión, Vázquez se mostró desencajado en Paso de los Toros y nos regaló una memorable actuación (tango incluido, ¿se acuerdan?) como para reconciliarse con la hinchada.
Esta vez trepó al ring nervioso porque otro combatiente le está robando el calor popular a golpes de zurda: un veterano guerrillero que tras haber abrazado culebras y tragado sapos ahora se dispone a comerse un delfín. Y como el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, el presidente volvió a caer en la trampa de la vanidad y a mostrarnos su peor cara: no fue el dirigente conciliador que pudo ser, sino el hincha confrontador que no puede evitar.
Todavía le quedan por delante unos cuantos meses de gestión, pero si no ocurre nada excepcional, Vázquez será recordado, básicamente, por un par de cosas: llevó al Frente Amplio al poder por primera vez, nos libró del humo de tabaco, vetó la despenalización del aborto, dejó al Frente Amplio en manos de los tupamaros y se burló olímpicamente de todo el mundo. No habrá ninguno igual.
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