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JORGE ABBONDANZA
El miércoles 4, la Corte Penal Internacional emitió una orden de arresto contra el general Omar Hassan al-Bashir, que desde 1989 gobierna Sudán con mano de hierro. Se lo acusa de crímenes contra la humanidad y de guerra por las atrocidades cometidas en Darfur, región ubicada al oeste en la que se apiñan 2.700.000 refugiados que escaparon en 2003 del sur del país bajo las campañas represivas de al-Bashir. La masacre ha proseguido en Darfur, donde se calcula que ya murieron 300.000 personas (según estimaciones de la ONU) por culpa de las milicias musulmanas enviadas por el gobierno, que violan, matan y saquean a la población. El horrible cuadro es la consecuencia de una guerra civil que se mantiene desde hace más de dos décadas.
Al comienzo esa guerra fue un enfrentamiento entre los centros de poder (árabes y musulmanes) instalados al norte del país, y los grupos rebeldes (negros y cristianos o animistas) radicados al sur del territorio. En esas primeras etapas del conflicto, las tropas del norte capturaban a los pobladores del sur y los vendían como esclavos en regiones fronterizas. El escándalo de ese tráfico trascendió, obligando a organizaciones humanitarias europeas a recaudar fondos para rescatar (comprándolos en algún mercado) a parte de los sudaneses cautivos. Pero desde comienzos de los años 90 la guerra recrudeció, porque se encontró petróleo al sur del país y los habitantes de las zonas de explotación fueron expulsados o asesinados para despejar el terreno y dar seguridades a las empresas que extraen el crudo.
Según la organización de ayuda Christian Aid, un yacimiento descubierto en 2001 determinó que "se quemaran 48 pueblos y 55.000 personas debieran huir", para que no interfirieran con los trabajos. En un asentamiento donde hubo resistencia al desalojo, "los hombres fueron fusilados en ejecuciones masivas y las mujeres y los niños clavados a los árboles". Se ha dicho que "las multinacionales vinculadas al petróleo son culpables de las barbaridades cometidas". Desde hace años, el mayor inversor extranjero en los pozos sudaneses es China, que deja en el país ganancias anuales por US$ 400 millones, el 80% de lo cual es utilizado por Sudán para comprar armas. Por eso, a pesar de los dividendos del petróleo, los habitantes de las zonas donde hay yacimientos siguen tan indigentes, tan analfabetos y tan desempleados como siempre.
La orden de arresto de la CPI enfureció a al-Bashir, que el domingo 8 efectuó su primera visita al infierno de Darfur, dijo que ese tribunal penal era "un instrumento del neocolonialismo" y resolvió expulsar de la provincia a trece organizaciones no gubernamentales que auxilian a la masa de refugiados. Si esas ONG se van de Darfur, "más de un millón de personas quedarán sin alimentos, sin agua potable y sin atención médica". Pero eso no perturba a al-Bashir, que niega los horrores desencadenados por su régimen y que al llegar a la capital de Darfur fue recibido por una multitud de seguidores que agitaban banderitas y coreaban su nombre. También Stalin, Hitler, Mussolini y Mao eran vitoreados cuando desfilaban, lo cual despierta serias dudas sobre algunos sectores de la humanidad que convierten en semidioses a los monstruos. Esa tendencia persiste ahora en Sudán, demostrando que no todo el mundo tiene arreglo.
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