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Sergio Abreu
La crisis económica mundial se ha instalado en la región. El proteccionismo comienza a ser también la respuesta de las economías emergentes. Argentina ha decidido aplicar licencias de importación a cientos de productos para preservar sus cadenas de producción y en particular, a su alicaído sector industrial.
En este contexto regional, los Presidentes de Uruguay y Brasil se reúnen esta semana con una agenda que, como es de estilo, incluye temas importantes y otros de carácter lateral. Los temas principales, según ha trascendido, se refieren a la interconexión eléctrica con Brasil, a un eventual mecanismo de financiación de exportaciones y a decisiones, como por ejemplo la implementación del doble arancel externo común y el veto argentino para adjudicar al Uruguay parte de los fondos estructurales para el proyecto energético.
Lo cierto es que estamos frente a una gran oportunidad que, si bien no se agota en esta reunión, puede ser el inicio de un acercamiento bilateral muy positivo para ambos países. En tal sentido, de los temas que se van a tratar, a nuestro juicio deberían priorizarse tres. El primero, el referido a la energía; la interconexión con Brasil debe concretarse para alivianar la dependencia energética con la Argentina a la que debemos comprarle 300 megavatios. La negociación con Brasil nos permitirá firmar un Protocolo de compra de 500 megavatios de energía como un primer paso para que éste se incorpore a la integración energética, al tiempo que podría aprovecharse la oportunidad para avanzar en mecanismos de cooperación y de participación conjunta en una eventual planta nuclear en territorio uruguayo que permita superar nuestra insuficiencia estructural en generación de energía.
En segundo lugar, como se sabe, el cobro del doble Arancel Externo Común (AEC), que no ha podido solucionarse en el Mercosur, afecta las posibilidades del Uruguay en materia logística. Y si bien este es un aspecto instrumental, el centro del diálogo político al máximo nivel debe ubicarse en el rol que el Uruguay quiere jugar en la región. La Hidrovía Puerto Cáceres-Nueva Palmira y la dinamización de Urupabol como instrumentos para facilitar la salida al Atlántico de productos bolivianos y paraguayos, y de algunos estados brasileños, debe ser comprendido por Brasil como una política complementaria a sus intereses y no como una posición excluyente a su tradicional postura de privilegiar los corredores de exportación hacia el Atlántico. Si el Brasil entiende esta situación y respalda ese rol que Uruguay históricamente ha intentado desarrollar, la nueva vecindad tendrá un cambio cualitativo.
En tercer lugar, el tema de la balanza comercial no puede estar ajeno. El déficit comercial total del Uruguay aumentó de 1.100 millones de dólares en 2007 a 2.900 millones en el 2008. La balanza bilateral con el Brasil y con la Argentina, también registra un déficit importante. Luego de una variación en los destinos de nuestras exportaciones que tuvieron a EE.UU., y a los países desarrollados como principales clientes, Brasil ha pasado a ser actualmente el principal comprador del Uruguay. Esto sería una buena noticia si no tuviéramos antecedentes negativos derivados de la inestabilidad histórica que ha marcado la relación comercial del Uruguay con Brasil. Una dependencia concentrada aumenta los riesgos, ya que alcanza con una devaluación para borrar de un plumazo las corrientes de comercio que se impulsaron mediante los Acuerdos comerciales.
Por tales razones, el Brasil debe entender integralmente los planteos de Uruguay, como por ejemplo, la importancia de sus regímenes especiales, como las zonas francas, para potenciar el rol logístico que quiere desarrollar. Por eso, no alcanza con que se prometa una vez más que empresas brasileñas se van a radicar en el país con créditos del BNDS; como tampoco que se implementen las transacciones de comercio exterior en moneda local como se hace actualmente con la Argentina.
Lo realmente importante es hacerle entender al gobierno brasileño (que algo sabe de estos temas) que una buena relación con el Uruguay pasa por concesiones hacia sus proyectos estratégicos de fondo, máxime, cuando en materia comercial, de la mano de la crisis, se va camino en la región a un comercio administrado de cupos.
El Barón de Río Branco dejó como legado para la diplomacia brasileña dos prioridades: mantener buenas relaciones con los Estados Unidos de América, a pesar de las diferencias, y administrar con grandeza la relación en la Cuenca Platense. Este último aspecto, mantiene una vigencia -para nosotros- dramática. La diplomacia presidencial tiene en sus manos la posibilidad de volver de Brasilia sin espejitos de colores, y con algo de sustancia que se proyecte en el mediano plazo, como una verdadera política de Estado.
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