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El lunes pasado Tabaré Vázquez pidió a sus ministros, en obvio reconocimiento de que la crisis mundial empezó a golpearnos, que redujeran sus gastos en un 5%. Ante la magnitud del descalabro, es como el ahorro del chocolate del loro.
El jueves, les llegó el turno de reconocer la realidad a Astori y Mujica. Tarde, pero les llegó. El primero dijo que "La crisis es muy profunda a escala internacional" -¡vaya novedad!- llegará a Uruguay (ya llegó) y se requerirá "mano experta para conducir al país". Es decir, que teníamos razón los pocos que lo dijimos antes.
Mujica le llevó la contra. Sin negar que el desastre que principió con un gran desplome financiero y bursátil en Estados Unidos afecta a Uruguay, opinó que, en el próximo gobierno, el manejo de la crisis deberá estar "en manos de políticos y no de técnicos".
No interesa dilucidar ahora esta discrepancia. Sí, importa señalar que se terminó, en el oficialismo, la zoncera de que estábamos inmunizados contra el desastre que, en un periquete, se trasladó de Estados Unidos a Europa y, poco después, a Japón y China. Los hechos son los hechos y hay que reconocerlos, enseñaba Karl Popper. Negarlos, sólo revela estupidez o ceguera.
Ya El País hizo un primer alerta el 19 de julio del año pasado en un editorial sabatino, llamando "Crisis Mundial" y luego el 28 de septiembre, en el dominical titulado "La crisis en los EE.UU.", tras recordar que Uruguay no escapó a los coletazos mundiales del desastre de Wall Street en 1929, y señalar cuan presto se esfumó nuestro supuesto "blindaje" de reservas en el 2002, comentamos: "No es preciso tener memoria de elefante para ir poniendo las barbas en remojo".
Y, tras señalar que la crisis ya había tenido ecos desfavorables en nuestras finanzas y en su mercado cambiario, afirmamos:
"No faltarán quienes digan -optimistas nunca faltan- que los precios de los commodities han vuelto a subir, (a poco andar cayeron al suelo), que China e India van a mantener su demanda de alimentos y que, por tanto, no hay razón para preocuparnos. Ignoran, por ejemplo, que la economía china está en vías de desaceleración, al punto de que la Bolsa de Shanghai -la de mayor movimiento del mundo- desde hace ya algún tiempo viene registrando una tendencia a la baja en los valores que en ella se cotizan". A lo que agregamos:
"Es lógico que así sea, desde que la economía de Estados Unidos, que es el principal comprador del gigante asiático, no entró en dificultades en estos días. Las mismas se agravaron considerablemente, pero principiaron hace cerca de un año. En consecuencia, la economía china, así como la de otros países que tienen como gran cliente a los EE.UU., se tiene que resentir. Y, a su turno, al extenderse la crisis, al caer el empleo y el consumo no sólo en Estados Unidos, otros muchos verán mermar sus exportaciones y reducirán sus importaciones, en mayor o menor grado". Es lo que nos empezó a pasar, a partir de enero. Y concluíamos:
"Así ocurrió, después de octubre de 1929. ¿Qué santiguado salvará a Uruguay de ese trago amargo? Mientras tanto, irresponsablemente, el gobierno sigue tirando manteca al techo".
Y al domingo siguiente -5 de octubre- martillando sobre el mismo yunque y bajo el título "Insensatez gubernativa", insistimos en que "creer que el Uruguay va a ser un oasis de solidez económica en medio del huracán que azota a las finanzas de los EE.UU. y que ya se aproxima a otras costas, es una reverenda zoncera". Como ya lo había dicho Jorge Batlle.
Y, tras reseñar los hechos que ya -"entre nous"-, marcaban el fin de los años de vacas gordas, calificamos el despilfarro de recursos en la Rendición de Cuentas como "un acto de irresponsabilidad que al país le va a costar caro". Y proseguimos: "Ojalá nos equivoquemos. Como se equivocaron feo Lula, Chávez y Evo Morales al reclamarle a Bush que el costo de la crisis no lo paguen los países pobres ¡Qué sandez! Lo pagarán todos los países, empezando por los Estados Unidos".
En eso estamos. ¿No es así, presidentes Obama y Vázquez? Lo vaticinamos siete meses atrás. No por presumir de zahoríes ni por ser economistas, sino usando el sentido común y razonando. Mientras tanto, por una mezcla de soberbia, insinceridad vinculada a fines electorales e ignorancia, el gobierno siguió gastando y negando la realidad. Esa torpeza inexcusable la pagarán en las urnas, junto a muchos otros errores y promesas incumplidas.
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