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Electric Kool-Aid. El "under" uruguayo se revitaliza con su primer trabajo
SEBASTIÁN AUYANET
Baile enfermizo, baladas con instrumentos sesenteros y psicodelia a lo Jim Morrison. Todo eso -y más- en una banda local que, vaya paradoja, derrocha modernidad y sintoniza con el mundo pop.
El concepto es siempre trillado y está bien que a quien comenta un disco se lo acuse de caer en el lugar común de darlo por bueno por el simple hecho de seguir una tendencia latente o viva en alguna otra parte del mundo. El cliché es más claro cuando la referencia proviene de las islas británicas, donde el poder de infección del pop rock hacia el resto del mundo es sólo comparable con el de los EEUU.
Ahora bien, a partir de ahí hay dos posibilidades: que la banda o artista decodifique esa tendencia y se vuelva "competitiva" frente a lo otro que llega o se quede en la simple -y casi siempre precaria- imitación.
El caso de Electric Kool-Aid, banda que debuta después de su aparición en el compilado independiente vía internet Bisiesto, entra en la primera condición en sintonía con esa ambivalencia entre mirar al pasado para sonar moderno, algo que caracteriza a lo más exitoso del pop rock anglosajón hoy día. Y esto sucede aquí por primera vez desde la aparición de otros anglófilos que hicieron patria: Astroboy.
Así como los Astros mostraban un abanico de influencias con dejo al "garage rock" de The Strokes, Electric Kool-Aid maneja en varios momentos con buen nivel la efervescencia de The Rapture o Franz Ferdinand.
De nada sirve meterse a analizar el interminable loop de referencias (los escoceses son influidos por Talking Heads y así sucesivamente). Pero desde Beautiful People -un tema que Quentin Tarantino podría robar para ambientar alguna historia suya- o Pisco, lo primero que se va adivinando es que este disco tiene poco que envidiarle al rock bailable que llega en contenedores y blogs de todo el mundo. Y si los Closet demostraron que Montevideo produce buen funk bailable, los Kool-Aid, seis músicos atravesados por casi todo el pop en inglés desde los sesenta hasta la fecha, confirman que hay otro grupo en la ciudad capaz de hacer despegar los pies del suelo.
Hacer foco en este primer sonido de los Kool-Aid desata una catarata de referencias musicales exagerada. La cuestión psicodélica presente en el nombre del grupo (refiere al libro de Tom Wolfe The Electric Kool-Aid Acid Test, de 1968) se materializa de movida en A long time, donde el fantasma de Jim Morrison se mete en el cantante Nicolás Almada, que termina como un híbrido entre él y Elvis Presley. Como en un test de imitaciones a veces fallido, su garganta cambia de huésped y aloja a Robert Smith (en Quit your mask) o al punk Johnny Rotten, algo que sucede en Penn Station. Otros arreglos también miran a Joy Division o llevan el alma discotequera de New Order, ampliando más la paleta de influencias. I`m free, por otro lado, es nieta de Syd Barrett y de los Beach Boys.
En medio de todo esto, las letras en inglés de esas canciones que tienen al amor como denominador, dicen poco y son funcionales a la música. Tampoco eso es un problema: hasta Depeche Mode ha sufrido varios años las críticas a la inocencia de su poética. Sólo casos como MGMT consiguen buena poética y sonido rupturista en tan poco tiempo. Y esto es música para bailar; pedirle más sería ridículo.
Electric Kool-Aid aún no llega a un sonido propio, pero tiene el camino bastante allanado: ya saben que pueden manejar sus influencias y usarlas para sonar según lo que se le pide al pop rock desde hace tiempo: que mueva.
Lo que regularmente se consigue en MySpace apareció y se puede aprovechar aquí. Alcanza con dejarse llevar por el efecto de estas canciones que de nuevo consagran lo "retro" como lo más moderno del mundo y también pegan como aire fresco.
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