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GERARDO SOTELO
N osotros, que somos los de entonces, los que no tenemos dónde, los que siempre hablamos solos. Nosotros, que no formamos parte, decidimos seguir al margen, viviendo en el alambre.
Se trata apenas de una canción, incluida en el último disco de Loquillo (Balmoral, 2008), un músico español que disfrutábamos mucho en los lejanos `80. Quizás por eso, porque ya estamos en campaña electoral y porque Loquillo vuelve a hacernos sentir que hablaba de pesadillas conocidas, estas líneas reflejen una visión más generacional que individual, menos racional que sensitiva.
La campaña electoral es un hecho y con ella los dimes y diretes de un sistema político que se empeña en parecerse a sí mismo. Discursos sin sentido, pseudopolémicas, promesas que no se van a cumplir y una cacería de votantes apenas disimulada bajo una pátina de marketing y proselitismo. Aunque estamos en el mejor de los mundos posibles, al menos en términos regionales, contemplamos con desazón que varias de las principales figuras están pendientes de lo anecdótico más que de lo sustancial y los partidos y candidatos con chance de ganar han demostrado hasta qué punto son prisioneros de los grupos de poder, los amigos a la espera de un premio, los burócratas preocupados por su futuro y un conjunto de ideas y prácticas vetustas.
Nosotros, que estamos siempre alerta marcamos la diferencia, sin haceros reverencias. Vivimos, caminamos sin aliados, amamos como soñamos, soñamos siempre armados.
Para los que fuimos jóvenes en los `70 y los `80 la lucha contra la dictadura no suponía sólo la recuperación de la democracia sino la construcción de un sistema que sepultara los vicios del pasado. Eso incluía el abandono del corporativismo, el clientelismo y la demagogia. Una visión generosa de los últimos 25 años podrá reparar en todo lo que se avanzó en el terreno de la institucionalización y el control de ciertos excesos en el ejercicio del poder. Razones no faltarán. Algunos dirán que los hicieron mejor y otros que lo están haciendo mejor ahora mismo. Pero una cosa es que ellos se lo crean y otra que nos hayan convencido.
Memoria, de jóvenes airados, vive al norte del futuro y al sur de la esperanza. Cautivos, en reinos conquistados donde habitan los silencios, donde ya no queda nada.
Podrá parecer una invitación al nihilismo punk pero no lo es. Se trata apenas de mandar una señal de alerta a quienes se ocupan de los asuntos públicos. Procuren convencernos con buenos argumentos y mejores procedimientos de que no quieren nuestro voto tan sólo para perpetuarse en el poder o volver a conquistarlo, sino que lo hacen para solucionar los problemas de fondo, aunque tengan que enfrentarse a sus aliados, sus financistas o sus agitadores.
Mientras esto no ocurra, seguiremos cultivando la memoria de aquellos jóvenes airados que fuimos, armados de escepticismo y espíritu crítico, soñando con un país en el que nadie dependa de la caridad ni de la gracia de un burócrata para comer, estudiar, curarse, hacer negocios o decidir qué hacer con su propio cuerpo.
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