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Actriz. Estela Medina vuelve a brillar en su nuevo papel
CARLOS REYES
Una suculenta velada teatral espera al espectador de "La amante inglesa", que intensamente protagonizada por Estela Medina se está dando en la Sala Zavala Muniz, donde va mañana y el jueves a las 21.30 hs, continuando también en marzo.
Estrenada en 1968 en París por el Teatro Nacional Popular (aquel que, fundado por Jean Vilar, se había propuesto llevar al gran público un arte escénico de primer nivel), La amante inglesa conoció una versión uruguaya en 1971, dirigida por Sergio Otermin e interpretada por Maruja Santullo, Horacio Preve y Jorge Triador.
Sin embargo, las diferencias entre aquella versión de la Comedia Nacional y la que ahora se presenta con producción independiente son notorias. La más grande es que mientras la anterior tenía tres actores (dos varones y una mujer), ésta tiene dos mujeres, cambio que es sustancial para el desarrollo de la obra.
Porque en la versión que ahora dirige Levón (con muy buen pulso), la larga confesión del personaje protagónico, la homicida Clara Lannes, se convierte en un diálogo entre mujeres, hecho que le otorga un carácter más humano al espectáculo.
Basada en la crónica roja francesa, la obra expone desde el recuerdo los pasos que llevaron a Lannes a matar a su prima sordomuda. Con una actitud cambiante, que va desde sentirse prácticamente ajena al homicidio hasta reconocerlo casi con frialdad (matices que Medina explota con maestría), el personaje central desnuda asuntos que trascienden el asesinato, para plantear temas profundos que hacen al sentido mismo de la existencia, al aburrimiento, a las razones de vivir.
A los valores actorales de la protagonista, la versión agrega una concepción escénica de gran interés. En la Sala Zavala Muniz, una larga tarima crea un espacio menor, donde se desarrolla la acción, siempre las dos actrices en escena.
La escenografía, de Paula Villalba y Claudia Schiaffino, se estructura en base a un piso de madera gastado, que remite al sitio donde la homicida está siendo interrogada. Pero al fondo se levanta un alta pared transparente, que remite al jardín de la asesina, donde vivió sus horas de placer, y donde también urdió (casi sin darse cuenta) el crimen.
El efecto, que conjuga la austeridad escenográfica con la creatividad, es remarcado por el diseño de luces de Martín Blanchet, que de un instante a otro logra convertir el florido jardín (y el florido pasado) en un sitio sórdido, donde reinan unas pesadas sillas de metal.
El espectáculo tiene muchos elementos de excelencia, empezando lógicamente por cómo Medina aprovecha el rico personaje, sus balbuceos, sus dudas, sus claroscuros. Junto a ella, Mariana Lobo está a la altura de las circunstancias, aunque seguramente el director la limitó un poco para que el público no pierda de vista el eje de la obra.
Y detrás de ambas se eleva la autora, Marguerite Duras, de cuyo talento se ha servido repetidas veces la escena local, a través de puestas en escena de Mariana Percovich, Nelly Goitiño, y antes por Luis Cerminara, un pionero en la difusión de la literatura francesa en Uruguay.
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