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Jueves 19.02.2009, 17:43 hs l Montevideo, Uruguay
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Internacional

La batalla que no pudo ganar Trotsky

CLAUDIO FANTINI | LA BITÁCORA

Lo que quedó claro el domingo es que, para los pobres de Venezuela, Hugo Chávez es el mejor presidente que han tenido. De eso no hay dudas; como tampoco hay dudas de que, para esos pobres, Chávez está lejos de ser el mejor presidente que puedan tener.

Antes del exuberante bolivariano, hubo gobiernos venezolanos ineptos y corruptos que marginaron a la mayoría de la renta nacional; mientras que el chavista es un gobierno inepto y corrupto que apuntó buena parte de esa renta a programas sociales, de efectividad palpable para esa inmensidad de gente marginada.

Con eso le alcanzó para realizar una formidable construcción de poder a partir de elecciones, plebiscitos y referendos. Basando su poder en esa mayoría excluida, pudo ser consecuente en la originalidad de impulsar un proceso revolucionario mediante el sufragio. Y en la consulta popular realizada en diciembre del 2007, tuvo el mérito de aceptar su primera derrota en las urnas, aunque ésta le ponía un límite a su mandato: el año 2012.

Sin embargo, aquel mérito se diluyó al imponer una nueva consulta sobre la reelección indefinida. No está escrito en su constitución porque hay cosas que se dan por supuestas; por caso que un tema sobre el cual las urnas ya se han pronunciado, no puede ser sometido a un nuevo pronunciamiento. Del mismo modo que, en los derechos civil y penal, no puede reabrirse un juicio sobre una "cosa juzgada". A esa trasgresión ética siguieron otras. Por ejemplo el gesto totalitario de haber identificado en los padrones del 2007 a todos los que, siendo beneficiarios de ayudas estatales, no fueron a votar. Sobre ellos cayeron los militantes oficialistas para reclamarles (exigirles) que esta vez no dejen de agradecer en la urna lo que han recibido de Chávez.

Con semejante aparato clientelar, maquinaria propagandística y estructura estatal, todo fuertemente lubricado con los petrodólares de PDVSA, era imposible que el movimiento estudiantil pueda repetir el rechazo popular al poder perpetuo de Chávez. "Me consagro íntegramente al servicio del pueblo, todo lo que me queda de vida", dijo al anunciar su victoria. El mensaje no está en la primera parte de la frase, sino después de la coma: "todo lo que me queda de vida". De ese modo, Chávez se proclamó presidente vitalicio.

Trotsky intentó corregir la burocratización del socialismo, mediante la "revolución permanente". La brutalidad del stalinismo acabó con su vida y su teoría, pero confirmó la razón de su crítica al esquema de poder leninista. De ahí en más, las revoluciones construyeron monarcas absolutistas. En Europa Oriental hubo déspotas despreciables como el alemán Erich Honecker; el rumano Nicolae Ceaucescu y el albanés Enver Hoxa, mientras que Yugoslavia y su "socialismo autogestionario" no pudieron sobrevivir al mariscal Tito.

Hay casos dinásticos como el del norcoreano Kim Il Sung y su hijo Kim Jong Il, y el de los hermanos Castro en Cuba. También las revoluciones nacionalistas árabes engendraron déspotas dinásticos: Al sirio Hafez el-Assad lo sucedió su hijo Bashir; al egipcio Hosni Mubarak lo sucederá su hijo Gamal, y de no haber perdido el poder y la vida, a Saddam Hussein lo hubiera sucedido su hijo Uday.

Si algo debía diferenciar a las revoluciones del siglo 21, es superar la herencia despótico-dinástica de sus ancestros de la pasada centuria. Pero no será el caso de Chávez. Su partido renunció a salir de abajo de su sombra. Venezuela tiene un sistema de mayoritarismo unipersonal, con un líder a perpetuidad. Nada más cercano al antiguo monarquismo y más lejano al nuevo progresismo.

El País Digital

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