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CLAUDIO FANTINI
Que la canciller alemana exigiera una explicación, evidencia la gravedad del caso. Que a renglón seguido Angela Merkel haya considerado casi insuficiente la explicación del pontífice, pone de relieve la magnitud del sismo que sacude al Vaticano. No es de extrañar que el primer grito en el cielo haya resonado en Berlín. Sucede que el Papa es alemán y por eso todo lo que tiene que ver con la shoá, el genocidio perpetrado por el Tercer Reich, se vuelve más sensitivo en ese punto del planeta.
No hay razones para pensar que Benedicto XVI rechaza la certeza histórica de que los campos de concentración fueron el mal absoluto en los que se cometió un proceso de exterminio en masa; la industrialización del asesinato para borrar un pueblo de la faz de la tierra.
Seguramente no miente al afirmar que desconocía la posición "negacionista" de Richard Williamson al rehabilitarlo junto a otros tres obispos lefebvristas que estaban excomulgados.
Es posible que también al Papa lo hayan sorprendido las declaraciones del director del seminario de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, negando que seis millones de judíos hayan sido aniquilados. Lo que no debe sorprenderlo es que en el lefebvrismo haya extremistas, como Williamson. Y si en un punto de la historia iban a emerger, es en este momento en que, detrás de consignas anti-sionistas, avanza a paso redoblado una ofensiva contra el judaísmo.
No es casual que se haya desatado una ola "negacionista" a partir de las afirmaciones de Ahmadinejad. Un amplio espectro que va desde el fundamentalismo más retrógrado hasta la izquierda desvariante, pasando por derechas ultra-nacionalistas, se coordina para repudiar a Israel desde una posición que destila antisemitismo. Lo que Merkel reprochó implícitamente al Papa, es no haber redoblado las alertas en un escenario tan fanatizado y turbio.
En realidad, al acercamiento con los lefebvristas lo inició Juan Pablo II en 1987, cuando tras reunirse con el cardenal Gagnon ordenó a Joseph Ratzinger, por entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, explorar una reconciliación con los excomulgados. El proceso continuó con una carta de Wojtila al mismísimo Marcel Lefebvre. Ese año, teólogos y canonistas del ex santo oficio acordaron el protocolo en el que los lefebvristas aceptan el "Lumen Gentium", artículo de la constitución dogmática del Concilio Vaticano II que define la autoridad eclesiástica.
Al siguiente paso Ratzinger lo dio ya convertido en Benedicto XVI, al reunirse con el obispo Bernard Fellay, acordando levantar las excomuniones aplicadas a lefebvristas acusados de "acto ilícito cismático".
En enero, levantó las excomuniones y luego llegó "la negación" de Williamson, con su consiguiente escándalo. En definitiva, el precio de un acercamiento riesgoso. Porque podrá haber suavizado posiciones para volver a la iglesia, pero el lefebvrismo sigue siendo el sector recalcitrante que rechazó, del Concilio Vaticano II, los principios del ecumenismo, la libertad religiosa y la separación de iglesia y Estado, además de la renovación litúrgica que estableció Pablo VI mediante el Novus Ordo Misae, poniendo fin a los ritos tridentinos practicados desde el Concilio de Trento en 1570.
Ratzinger ya no es el joven teólogo de Baviera que aportó ideas al Concilio impulsado por Juan XXIII, pero eso no implica que comulgue con el sector más reaccionario del catolicismo tradicionalista. Al menos, eso es lo que debe demostrar.
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