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Miércoles 11.02.2009, 19:09 hs l Montevideo, Uruguay
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Editorial


[EDITORIAL]

El verde de Montevideo

No son muchos los montevideanos que disfrutan del marco vegetal a lo largo de las calles de la ciudad. Sin embargo, la belleza paisajística de su casco urbano depende de ese marco, que en algunos sitios se convierte en una cúpula de follaje capaz de jerarquizar los espacios más insignificantes. Las hileras de árboles de las veredas proveen una riqueza cuyo valor no sólo debe medirse por la sombra que ofrecen en verano, sino además por la sensación boscosa y el encanto de sus copas cubriendo la vía pública. A veces, la visión en perspectiva de una calle es un espectáculo seductor, porque transmite la impresión de internarse en una fronda, como si Montevideo no fuera sólo el domicilio de la gente sino además un parque a través del cual el caminante no se codea únicamente con el cemento y las duras fachadas, sino también con el regalo de la vegetación que debe agradecerse a quienes se preocuparon sistemáticamente de esas plantaciones desde el siglo XIX.

Y sin embargo la gente suele quejarse en primavera de la pelusa de los plátanos, mientras los vecinos más prolijos también se quejan en otoño de la caída de las hojas de las especies caducas porque -se supone- hay que barrerlas y eventualmente hacer con ellas una fogata. Menos gente en cambio aprende a gozar visualmente con el beneficio de esa compañía arbolada, que es refugio de los pájaros de la ciudad y de paso enseña a los habitantes a no desvincularse de la saludable relación con la naturaleza viva. Cuando un montevideano viaja a la mayor parte de las ciudades del interior del país, puede sorprenderse ante la desnudez de esas calles a las que les falta el elemento reanimador de los árboles y de la movible corona de sus copas. Recién entonces descubren, en el mejor de los casos, el embellecimiento que esa presencia otorga a la capital, aunque se trata de una sensibilidad que no todos comparten. En la década del 70, por ejemplo, los paraísos de la avenida 18 de Julio fueron arrancados para ensanchar la calzada y así la vía principal de la ciudad quedó despojada de uno de sus ornamentos, entre otros (las preciosas columnas de alumbrado, las losas de granito de las aceras) que también desaparecieron.

Pero hoy es necesario seguir velando por el componente vegetal de la capital, tarea que no siempre se cumple con el debido celo. Porque Montevideo, según se indica, dispone de unos 230.000 árboles sobre sus veredas, un patrimonio de integración muy variada que resulta un elemento a estimar doblemente cuando se lo compara con los 90.000 ejemplares que tienen las calles de París o los 300.000 de la gran capital federal argentina. Entre los 230.000 árboles montevideanos figura una mayoría de paraísos, aunque también un porcentaje considerable de plátanos, eucaliptus, tipas, jacarandás, olmos y fresnos. Y aunque las autoridades municipales del Servicio de Áreas Verdes señalen que muchos vecinos colaboran en el cuidado y mantenimiento de esos ejemplares, no es raro comprobar que otros vecinos atentan contra ellos.

Basta echar una ojeada a las calles montevideanas para comprobar la cantidad de árboles muertos que las bordean, lo cual no sólo impone un margen entristecedor al entorno sino que también constituye un peligro, porque pueden caer bajo cualquier tormenta. Los voceros municipales sostienen que hay unos 13.000 árboles en mal estado, agregan que se extraen unos 2.000 por año y que se sustituyen con la colocación de unos 4.000, pero debería acelerarse ese ritmo porque el gradual deterioro de muchos de ellos parece ganar la batalla contra ese mantenimiento. Redoblar el esfuerzo valdría la pena, porque en Montevideo hay unos 18 árboles cada 100 habitantes, porcentaje que es además un privilegio aunque no a todo el mundo le importa. En Acevedo Díaz casi Bulevar España fueron tronchados unos plátanos gigantescos que en la primavera recibían la migración de golondrinas en sus colosales copas.

Si alguien recuerda lo que era el paisaje de Lezica o el de Rivera al llegar a Carrasco, en la época de esplendor de sus eucaliptus, recordará también la bóveda espectacular que cubría esas avenidas. Los panoramas montevideanos -las palmeras de Bulevar Artigas, digamos- son inseparables de ese privilegio y debería sensibilizarse a la población (a partir de la edad escolar) para que aprenda a colaborar en un cuidado colectivo y no incurrir en la depredación que puede castigar al arbolado de manera irreversible.

El País Digital

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