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Miércoles 04.02.2009, 06:26 hs l Montevideo, Uruguay
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Editorial


[EDITORIAL]

El arma de la palabra

En un mundo acribillado por los medios audiovisuales, los lenguajes gráficos y el impacto que provocan las imágenes, la palabra escrita ha perdido en parte su viejo protagonismo y hasta una porción de su prestigio. En alguna medida, esa tendencia se extiende a la palabra hablada, víctima de un descuido generalizado no sólo en su manejo sino también en su pronunciación. Al respecto puede observarse lo que ocurre con algunos periodistas radiales o informativistas de televisión, que bajan la voz en las últimas palabras de sus frases impidiendo entender lo que allí dicen, como si quien escribe borroneara la línea final de cada párrafo. Pero esa es apenas una de las múltiples desprolijidades del habla de hoy, que por cierto se traslada a la forma de escribir, tanto en periodismo como en ciertos ejemplos poco esmerados de la literatura contemporánea, por no hablar de los vicios en que incurren algunas traducciones de otros idiomas al español.

La situación debe lamentarse no solamente por la pérdida de hermosura (y de corrección) en el empleo de una lengua, sino además porque la palabra es una herramienta indispensable para comunicarse y comprenderse, un arma a través de la cual pueden transmitirse ideas, compartir una posición o discrepar fundadamente con ella, descifrar la mentalidad del interlocutor, aclarar cualquier aspecto de la realidad y hasta explicar cómo funciona el mundo. Últimamente resulta bastante evidente la gradual pérdida de expresividad a través de la palabra, sobre todo en una generación joven cuyo vocabulario va empobreciéndose poco a poco hasta apoyarse en una jerga a veces impenetrable para los adultos, que en el fondo es el recurso con que remedian su escasez de terminología. En esas opciones quedan a la vista las consecuencias de la crisis de la lectura, que deriva -sobre todo por vía oral- en el uso de barbarismos, la pésima redacción, la atribución de nuevos significados a vocablos que tienen otro y la errónea utilización de tiempos verbales, como el condicional en lugar del subjuntivo (si yo podría ir, en lugar de si yo pudiera ir).

Se multiplican así los problemas gramaticales, tanto en la prosodia o la ortografía como en la sintaxis y en la etimología, con lo cual la gente va dejando de entender lo que dice o escribe el otro, deja de tener acceso a buena parte del pensamiento ajeno y hasta puede perder el interés por ese conocimiento recíproco al estrellarse contra las dificultades que implica la comunicación a través de la palabra. Cuando se produce entre la gente una discordia irreparable o aun cuando se comete un crimen como consecuencia de un trance de exaltación de los ánimos, cabe pensar que esos resultados penosos y hasta trágicos tienen lugar por la frecuente incapacidad de verbalizar lo que cada uno piensa, lo cual impide interpretar los motivos de un comportamiento o las razones capaces de explicar la conducta del oponente. De esa manera, paulatinamente, van provocándose aislamientos entre los individuos, va marchitándose el hábito de hablar o de escribir debidamente, va reduciéndose la batería de palabras que esgrime cada hombre, va perdiéndose el entrenamiento para relacionarse y la riqueza con que esos lazos deberían tenderse para que la sociedad no se componga sólo de proximidades físicas, sino también de vínculos intelectuales.

Hace algunos días, un ministro del gabinete uruguayo cometió tres errores en diez segundos de su discurso verbal. Dijo "han habido dificultades" en lugar de "ha habido", dijo también "quiebre" en lugar de "quebrantamiento" o "ruptura", y dijo asimismo "de aquí en más", en lugar de la frase correcta que sería "de aquí en adelante". Pero de forma similar mucha gente suele incurrir en tautologías como "lapso de tiempo" o "hace un año atrás", cuando lo aconsejable sería decir "lapso" y "hace un año". Eso puede extenderse al uso de expresiones equivocadas como "pienso de que" en lugar de "pienso que", o a la invención de palabras complicadas como "descontracturado" para sustituir a "distendido", que sería lo deseable en ese caso. A todo lo cual deben sumarse modismos que provienen de España pero que aquí se imitan, como la fea frase "nada más llegar" a cambio de expresiones más adecuadas como "al llegar" o "en el momento de llegar". Esas son unas pocas muestras de las deformaciones que suelen escucharse y leerse, lo cual indica que el uso de la palabra necesita auxilios urgentes para rescatarla de su precario estado.

El País Digital

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