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JORGE ABBONDANZA
Dos millones de camboyanos fueron asesinados entre 1975 y 1979 bajo el régimen del Khmer-rojo. El exterminio se cometió para aplastar a toda la población bajo el enloquecido proyecto político de ese gobierno ultramaoísta, que había llevado el comunismo y el nacionalismo hasta el borde del genocidio. En el siglo XX hubo pocas matanzas comparables con la furia camboyana, una máquina criminal que en cuatro años liquidó a la cuarta parte de los habitantes del país bajo el manto de la ideología capitaneada por Pol Pot, el monstruo que oficiaba como primer ministro, sobrevivió veinte años a la caída del régimen y se dio el lujo de morir en su cama en 1998.
Otros en cambio tienen que enfrentar a la Justicia. El 17 de febrero comenzará en la capital camboyana, Phnom Penh, el proceso contra Kaing Guek, ahora de 66 años, un ex profesor de matemáticas que en la época del Khmer-rojo dirigió un centro de tortura donde se mantuvo encerrados a 12.380 hombres, mujeres y niños antes de ser ejecutados. Ahora aquel esbirro será juzgado por una Corte Penal Internacional que tiene respaldo de Naciones Unidas y funciona desde hace tres años en Camboya (como las de Ruanda o La Haya) para entender en casos de crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad. Por lo que se sabe, Kaing Guek es acusado de "asesinatos, exterminio, esclavitud, tortura, encarcelamiento ilegal, violaciones y persecución por motivos políticos", entre otros cargos.
Kaing Guek fue arrestado en 1999 y desde 2007 está confiado al tribunal internacional, donde también esperan su juicio otros cuatro dirigentes del Khmer-rojo. Abundantes trabas administrativas y dificultades de procedimiento han postergado esos procesos, pero los sobrevivientes de la pesadilla dicen ahora que "después de 30 años por fin se sabrá la verdad" y que a partir del 17 de febrero Kaing Guek "deberá decir de dónde venían las órdenes de matar". Esos 30 años permiten recordar otros plazos similares y otras muertes ocurridas en la época bajo sistemas intolerantes de sello ideológico opuesto al camboyano, como en los países rioplatenses sin ir más lejos. Lo llamativo es que el mecanismo de la Justicia se demora igualmente en todos lados.
A la distancia cabe preguntarse -con una trágica ironía que es lo único aplicable al caso- cuál fue la actitud de Naciones Unidas y de las potencias democráticas del mundo cuando Camboya (que los Khmer-rojos llamaban Kampuchea) sufrió su monumental baño de sangre, que era público y notorio. Mientras Pol Pot manejaba su carnicería y combatía a las fuerzas moderadas que tenían apoyo vietnamita, las Naciones Unidas seguían considerando al Khmer-rojo como el gobierno legal de Kampuchea, desinteresándose de la masacre. Es bueno saber eso para imaginar lo que cualquier país que soporta una horrible emergencia humanitaria, puede esperar de un organismo mundial que a veces actúa tardíamente y otras veces no actúa. En memoria de los dos millones de víctimas, vale la pena reconocerlo para comprobar que la burocracia es así.
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