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Algo debe tener la sociedad estadounidense para haber logrado ser, desde mediados del siglo pasado, la primera potencia económica (y militar) del mundo. Otros países, con similar o mayor población y territorio no ha alcanzado este objetivo. Algo debe tener, entonces, para sobresalir respecto a los demás.
Quizás su posición geográfica, abierta a dos océanos y a dos grandes focos culturales (el oriental y el occidental), quizá la composición étnica, tan diversa, de su pueblo, quizá su apego a la institucionalidad democrática, etc., factores, estos que no son privativos de los Estados Unidos pero que, juntos, quizá expliquen el fenómeno al que aludimos.
Lo cierto es que algunas frases, algunos conceptos, algunas actitudes, que se oyen, se manejan y se observan en todos los niveles de su población, en todas sus actividades y en todas las horas de su historia, pueden darnos la clave de su primacía. Porque todo ello está siempre presente en las aulas, en los púlpitos, en las tribunas políticas, en los medios de comunicación y en la calle.
Ya resulta obvio señalar que ese país fue capaz de llevar a su primera magistratura a un afrodescendiente (o a un eurodescendiente, según se aluda a línea paterna keniata o a su línea materna blanca). Esto es realmente revolucionario en un país donde no hace cincuenta años que los negros tienen derechos civiles y políticos y donde la discriminación contra ellos resulta, aún hoy, difícil de superar. Curiosamente, el novel presidente tiene un nombre integrista: Barack es apellido judío y egipcio, Hussein lo es islámico y Obama, por último, es keniata.
Es un país que, orgulloso de sí mismo, ostenta con profusión su bandera nacional, probablemente más que ningún otro. Sigue siendo la única clavada en suelo lunar. Es un país con amplísima confianza en sus posibilidades, tal como lo demuestra el eslogan electoral de Obama: ¡Sí, podemos!
Es un país que, por un lado, rinde culto a la iniciativa privada y que, por el otro, muestra su solidaridad con la gente carenciada, espíritu que se refleja en la costumbre de participar en trabajos comunitarios y en el hecho de que alberga a 5.000 organizaciones de voluntarios dispuestos a brindar ayuda al que la necesita.
Es un país donde existe la convicción de que, llegar o no a las metas que uno se propone alcanzar, depende de uno mismo. Napoleón inauguraba ese criterio incentivador: decía que en la mochila de cualquier soldado se encuentra el botón de un mariscal. El otrora humilde Obama demuestra que ello es así.
Ello no obsta para que se complemente con otra convicción nacional: la conveniencia de trabajar en equipo.
El norteamericano típico sabe que el futuro no es una entelequia sino algo que está esperando por nosotros y que será forjado por todos nosotros.
La sociedad que integra es, pues, increíblemente dinámica y fermental. Aún cuando se ha producido una crisis de confianza en las casi sagradas instituciones financieras -y en los mecanismos regulatorios- el pueblo de los Estados Unidos ha creado una vigorosa fuente de esperanza, Obama, y con su nuevo líder se compromete a mantener vivo el sueño que le trasmitieron sus próceres fundadores: la suya será una tierra de oportunidades en la medida en que cada uno de sus habitantes trabaje duramente, deje trabajar a los demás y asuma las responsabilidades que le corresponden.
Cuando el piloto que logró hacer acuatizar a su avión -por su pericia y heroísmo pudo salvar la vida a un centenar largo de pasajeros y tripulantes- recibió las felicitaciones presidenciales por su hazaña, respondió, modestamente, que él "sólo había hecho su trabajo". Demostró, así, que, además de ser justicieramente considerado un héroe nacional, es un maestro de vida.
Con su respuesta, el piloto recogió el sentir propio de su pueblo.
La sociedad norteamericana, pues, espera que cada uno de sus integrantes haga su trabajo. Así de simple.
Por ello, aguarda confiadamente que el presidente Obama cumpla con ese imperativo histórico. El mundo entero, también.
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