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JORGE ABBONDANZA
La muerte de Dumas Lerena, que se produjo hace unos días en Montevideo, fue otro de esos golpes que van despoblando al teatro, privándolo de una generación de talentos que dominó a lo largo de la segunda mitad del siglo XX.
Cuando uno recuerda a Dumas, lo asocia con algunas de las grandes labores que cumplió como actor (Marat Sade, Tierra de nadie) pero lo vincula también con sus puestas en escena (La nona, En familia). La última de ellas, en la vieja sala Zavala Muniz, fue sin duda una de las versiones ejemplares de la obra de Sánchez (acaso la mejor) hasta donde alcanza la memoria de este cronista. Porque Dumas era eso, un hombre de teatro de primera línea en cualquiera de sus oficios, desde la nobleza de estampa con que resolvía sus interpretaciones hasta la fineza con que labraba sus tareas de dirección, moviéndose con elasticidad entre el humor y el territorio dramático.
Y así el alejamiento definitivo de Dumas se incorpora como otra estampa al desfile de los talentos uruguayos que se han ido, donde aparecen mujeres como Maruja, Leonor, Carmucha o Nelly, directores como Atahualpa, Grasso o Escalante, escenógrafos como Carrozzino, Galup o Carvalho, diseñadores de trajes como Gumita, Marta Grompone o Mingo Cavallero.
El registro de esas muertes es lo que parece acelerar el paso del tiempo a medida que los años también se van, multiplicando aquella sensación de despoblamiento en medio de la cual esa galería de ausencias pesa cada vez más. Y en semejante galería acaba de ingresar ahora Dumas, por si faltaba alguien.
Pero es en la lista de los grandes actores desaparecidos donde Dumas va a figurar seguramente, cerca de ejemplares que perduran para siempre ligados a alguna de las labores memorables que entregaron y que (como ocurre malditamente con el teatro) se volatilizan porque no queda de ellas ningún registro fuera del devoto recuerdo de quienes pudieron verlas.
Algunos de esos actores fueron Mario Branda (La vuelta al hogar), Luis Cerminara (Los enanos), Alberto Candeau (Barranca abajo), Enrique Guarnero (Tartufo), Armando Halty (Rey Lear), Horacio Preve (La amante inglesa) o Claudio Solari (El animador), entre colegas que también marchan en la columna (Braidot, Gentile, Cuore, Martínez Mieres, Salzano, Manzione, Campochiaro) de quienes la cultura de este país no debería olvidarse.
En ese florido campo del pasado, Dumas Lerena está desde ahora muy bien acompañado. No hace falta entonar oraciones fúnebres sino mantener vivo un testimonio sobre el fantástico legado que toda esa gente dejó a este país, entregando siempre lo mejor de sí con la generosidad que sólo tienen los artistas. Por eso la evocación debe ser jubilosa y no entristecida.
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