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Aníbal Durán Hontou
De cara a la ya próxima actividad electoral, se me ocurrió incursionar en este tema. No tengo duda que alcanzaremos mejores niveles de vida (que nos cambien estructuralmente), cuando entendamos que nuestro relacionamiento (el de toda la sociedad), tiene que estar impregnado de reglas morales estrictas.
Y ni que hablar de la clase política que en definitiva, nos gobierna, toma decisiones, marca el rumbo…
Es buena cosa deslindar: ética es la reflexión sobre el fenómeno moral.
Las reglas, las normas, el contenido de la acción humana, son morales.
Hablar hoy de la ética y la política no debe ser un mero ejercicio de retórica; por el contrario debe ser un presupuesto a todo intento de respuesta a las incertidumbres e inseguridades que nos acechan.
No en balde, la sociedad (las sociedades en general de nuestra América), miran con recelo al político y a la clase a la cual pertenece. Algunas encuestas de tiempo atrás del Observatorio Montevideo, así lo establecen.
Entendemos, sin ánimo de generalizar, que esta crisis de valores que hoy nos invade y que es crucial revertir, deriva del alejamiento de la regla moral, de la conducta moral y de la reflexión ética aplicable a la política.
Tal vez no sea justo, pero cada vez se descree más de los políticos y eso es algo que debe revertirse, porque esa situación genera un marco de desconfianza, nada deseable para un país.
Corresponde decir que esto pasa desde la democracia ateniense hasta nuestros días.
Pero también es buena cosa acotar, que ese juicio adverso hacia el político, algunos casos de corrupción que puedan darse, son reflejo de una sociedad que vive cierta decadencia moral y del relajamiento de valores éticos y del valor de la conciencia de la propia dignidad.
Y eso pasa en todos los estratos de la sociedad, no solamente en los políticos.
La corrupción como fenómeno social generalizado (y la corrupción política), solo puede combatirse por medio de la revalorización ética sin perjuicio de la lucha jurídico-penal contra ella, pero fundamentalmente por la participación ciudadana de una manera activa, en la política.
No se trata solamente de votar y a eso nos referimos. Se trata de tener una fluida participación.
Pero la preocupación estriba además, porque la política como "arte" del gobierno, es un elemento necesario del Estado. Sin política no puede haber vida social institucionalizada, ni es posible la convivencia civilizada bajo el Derecho.
Su existencia, unida a la ética y a la idea de objetivos vinculados con el bien común, marca el comienzo de la reflexión sobre la ciudad, la República, el Estado.
De allí que no debemos menospreciar la política; muy por el contrario, debemos dignificarla e intentar que la ejerzan quienes además de aptitudes profesionales, posean hombría de bien.
La hombría de bien supone buena fe en el pensamiento y en la acción; abarca la tolerancia con la idea distinta, la humildad para recibir la crítica, el permanente afán conciliatorio que serene los espíritus.
Y no estamos hablando de moralizar... El hombre que moraliza es frecuentemente un hipócrita.
El moralista busca imponer en otros su visión de cómo ellos deben vivir y comportarse.
Recientemente un notorio candidato, folclórico, verborrágico y con poco sustento… habló del hombre nuevo y su no apego a las cosas materiales. ¡¡Por favor !!
El moralista al forzar a otros a que se sometan a sus preferencias, demuestra insensibilidad, intolerancia, falta de imaginación y la arrogancia en creer que el suyo es el único camino aceptable.
Concatenado con lo expuesto, está el tema de fondo: el rescate de los valores.
Que debe empezar por las familias pero que también la enseñanza pública debe retomar su rol esencial.
Durante décadas, ésta fue transmisora de valores. No solo se enseñaba historia y geografía, se les marcaba a los alumnos pautas de lealtad, honestidad, justicia, generosidad, solidaridad para con el otro.
Hoy todos esos conceptos han caído en saco roto, síntoma elocuente de un retroceso que nos inhibe el optimismo.
Hoy se transmite información (no siempre certera), pero no se forma.
Me parece que para tener una sociedad mejor, que no dependa del Estado, que apueste al riesgo, que ofrezca más que exija, debe además impregnarse de una conducta enraizada en la probidad, en la justicia, en respetar al otro y su forma de pensar.
Para algunos sonará lírico; personalmente creo que es el inicio de un cambio cultural trascendental que nos llevará a mejores destinos y los políticos con la responsabilidad que tienen y el protagonismo que esta sociedad les permite, deberían hacer caudal de ello.
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