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Ricardo Reilly Salaverri
El terremoto se siente en todas partes. La gran locomotora mundial, los Estados Unidos de América, 26% del PBI planetario, pasa por una conmoción financiera sin precedentes, que perjudica a lo que llaman la "economía real" (léase producción efectiva de bienes y servicios, distinta de la de productos financieros y papeles fiduciarios).
El consumo ha caído, las pérdidas de puestos de trabajo se anuncia que pueden llegar a superar el 10% de la fuerza de trabajo -cifra inusual en dicho país, conocedor de una realidad constante de pleno empleo- y la esperanza, lo último que se pierde, está desmedidamente depositada en lo que pueda cambiar el nuevo y carismático Presidente Barak Obama.
En Europa, el 15% del PBI de la economía del mundo, ocurre otro tanto, y por elegir una nación particularmente próxima, por el pasado, pero también por la cantidad de compatriotas que allí han ido a buscar suerte -caso de España- el panorama es similar.
Allí también hubo "burbuja" inmobiliaria, más crisis financiera extendida y por buscar un número de referencia se recordará que se viene ubicando al desempleo en el orden de un 17% de la población en condiciones de trabajar que busca trabajo, y no lo encuentra.
Circunstancia que impulsa inevitablemente -incluso- a reacciones xenófobas, contra los extranjeros que "han ido a quitar el pan a los nacionales". Todo el planeta está sacudido y temeroso.
Las circunstancias materiales, económicas, que están lejos de ser motivo de especialización de nuestra parte, aunque comprensibles a la luz de un conocimiento razonable de las cosas y el sentido común, hay muchos que predican deben ser sustituidas en atención inteligente, por la renovación de valores espirituales que se consideran perdidos, tales como la moral de Occidente, la familia, el respeto por el orden público y la seguridad ciudadana, el rechazo al materialismo y el consumo, y otras circunstancias presentes en la cotidianidad.
No obstante, contemplar la Historia, deja en evidencia que la desesperación económica, adicionada a la pérdida de otros valores, contribuye a conformar un plato de complicada digestión, presente en todas las horas de desafíos y hecatombes cruciales.
En el Río de la Plata a lo que se va viniendo, se suma una sequía sin parangón que pega severamente sobre nuestra producción y los productos de exportación agropecuarios fundamentales.
Hijos de esforzados productores rurales que han llevado heroica y eficazmente -especialmente en nuestro país- la carga de la producción, mucho más a pesar del Estado y el gobierno que gracias a él.
Y, a pesar de los prejuicios de los sesgados agitadores universitarios y sindicales urbanos que antes que aplaudir las realizaciones del ruralismo, arrojan sobre ella estigmas (el Ministro Agazzi clasifica a los productores rurales no por mérito y eficiencia sino según qué auto utilicen y tengan o no casa en balneario).
Generosos subsidios a la Caja Bancaria, al Casmu, al oneroso e inviable proyecto tupamaro del azúcar en Bella Unión; Pluna; aumentos a granel a los empleados públicos a cambio de nada; institucionalización de la limosna pública y la pobreza; y dilapidación generalizada de la bonanza reciente que fue, más una presión fiscal insoportable, son pequeña muestra del desquicio y la histeria que ganan al oficialismo en año electoral.
Y hay y habrá más.
Año 2009. ¡Cosas veredes uruguayos! ¡Cosas veredes!
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