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Ante las últimas declaraciones de Néstor Kirchner, aquello de ver para creer debiéramos sustituirlo por oír para creer. Y al cervantino "cosas veredes" por "cosas oiredes", si es que esta licencia idiomática cabía en el castellano antiguo. Es que dicho personaje termina de declarar que "nunca estuvo de acuerdo con los cortes" (de rutas por los piqueteros de Gualeguaychú). Hemos perdido la cuenta de las veces en que el entonces presidente argentino apoyó "in expressis verbis" dichos cortes, inadmisibles desde todo punto de vista. Dos de las más sonadas fueron cuando proclamó su solidaridad con los piqueteros en un acto politiquero en la propia Gualeguaychú y cuando los recibió cálidamente en Santiago de Chile, antes de la cumbre presidencial fuera de la cual se peleó verbalmente con Tabaré Vázquez.
Ello, sin hacer caudal de su regocijo cuando en Viena una compatriota suya, reina carnavalera de la ciudad entrerriana, exhibió casi en cueros un "No a las papeleras", frente a la mirada asombrada de una cincuentena de jefes de gobierno europeos y americanos. Episodio vergonzoso, ante el cual ni amagó un pedido de disculpas. Ahora, ante una catarata de condenas a los cortes, provenientes de jerarcas del gobierno de su esposa y sus alrededores, que incluyen al actual gobernador de Entre Ríos y hasta al "super piquetero" Luis D`Elía, Kirchner ha sumado su voz a ese coro, sin vacilar, como ellos, en darse vuelta como una media.
Ante todo, cabe preguntarle a dicho cultor de la intolerancia verbal y de los malos modales: ¿Se ha vuelto amnésico o cree que somos nosotros los desmemoriados? Y, además, ¿si no estaba de acuerdo con los cortes, por qué no los prohibió y eliminó, como era su deber, en ejercicio de su autoridad presidencial?
Tan patente es su insinceridad, así como la de los distintos personajes del entorno de su esposa que han dado, muy a destiempo, en vituperar contra los falsos abanderados de la causa de un medio ambiente al que nada ha dañado el funcionamiento de Botnia, que nadie duda de que este inesperado batifondo va de la mano con su insistencia en ser secretario de la Unasur. Lo que fue impedido por el lógico veto de nuestro presidente.
Ante este nuevo escenario del lamentable conflicto, alguna prensa ha dado en especular con una especie de trueque. A saber: Argentina levanta los cortes y Uruguay desiste de su veto al "señor K". Y, trascartón, éste se instala en la secretaría de la Unasur. Lo cual nos lleva a rechazar de plano, tajantemente, tal posibilidad. Si quieren levantar los cortes, que lo hagan. Pero sin precio ni condicionamiento alguno. No somos -gobierne quien gobierne- una republiqueta que se vende por un plato de lentejas. Ya lo dijo Artigas: "el rico patrimonio de los orientales" no se vende "al vil precio de la necesidad". Con el añadido de que no existe tal necesidad. Ya hemos soportado tres años la injustificada agresión configurada por los cortes y el país no se hundió. Ni se hundirá.
Por el cese de unos perjuicios económicos no demasiado grandes y a los que ya estamos acostumbrados, no podemos ni debemos cambiar nuestra posición. Está en juego la dignidad nacional.
Además, nuestros agravios actuales contra la Argentina del matrimonio Kirchner no se agotan en la cuestión del bloqueo del puente Fray Bentos - Puerto Unzué. Está de por medio su incumplimiento reiterado de sus obligaciones respecto del dragado del canal Martín García.
Trátase de un asunto mucho más grave, pues determina un grave daño material a nuestro país, que corremos el riesgo de que se convierta en irreversible ante la censurable pasividad de nuestras autoridades. Por lo menos, aparentemente es así.
Por último, aunque nada enturbiara nuestras relaciones con la República Argentina, aunque sus actuales gobernantes nos respetaran tanto como Sáenz Peña y Marcelo T. de Alvear, el ex presidente carece a todas luces del perfil que debe tener un funcionario internacional.
Es la antítesis de un diplomático. Su intemperancia, su mal carácter y su vocación por malquistarse a diestra y siniestra, con tirios y troyanos, son proverbiales. Además, más inconveniente aún es que sea el cónyuge de una presidenta en ejercicio y el líder del partido gobernante, lo que lo inhibe para ser equidistante e imparcial entre todos los gobiernos sudamericanos. Que quede claro.
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