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JULIA RODRÍGUEZ LARRETA
El rico e inquietante contenido del libro de Philip Bobbitt, un prestigioso profesor de jurisprudencia, asesor en materia de seguridad nacional de varios gobiernos norteamericanos, es una obra trascendente. Sobre sus análisis y reflexiones vale la pena detenerse e intentar un esbozo de síntesis. En su obra, el autor divide a los Estados entre los que son gobernados con el consenso de la población y los que lo son por el terror. Al respecto pueden ser ejemplos de contraste países como Suiza y Cuba. Otras naciones, corresponden a zonas más grises y hay que tenerlo en cuenta, a pesar de sus matices, especialmente en lo que hace a la aplicación de una legislación que contemple los derechos humanos y un sistema judicial que funcione.
Luego separa a los Estados entre los que tienen fronteras y los que no. Utiliza, aunque no exclusivamente, a Al Qaeda en este estudio, ya que no tiene fronteras pero hace la guerra y su líder Bin Laden, es conocido mundialmente. Tiene aliados, impone "justicia", ejecuta sentencias, mantiene cautivos a soldados y civiles encadenados, compra armas, recluta efectivos, no sólo para derramar sangre en la forma más obvia, sino para trabajar en computación e Internet, espionaje, propaganda, logística, banca, medicina y adoctrinamiento. Suple sus necesidades subrepticiamente en el mercado mundial. Maneja un importante presupuesto, producto de la extorsión, de donaciones individuales y aportes de Estados que le son afines. Luego induce a Estados legítimos a traspasar sus fronteras, para efectuar ataques en represalia, afectando de esa manera a otros países y a gente inocente, que es justamente lo que busca Al Qaeda; provocar la calesita del terror.
¿Por qué la guerra entre los Estados de Consenso y los de Terror sin jurisdicción geográfica? El autor sugiere la urgente necesidad de entender mejor al enemigo que tarde o temprano, logrará poseer una bomba atómica o algo similar, en cuanto a poder destructivo. Es obvio el componente religioso, por ejemplo, en las sectas más fundamentalistas del Islam, de cuya filosofía se nutre Al Qaeda, las que aborrecen a Occidente y desean matar a todos los infieles. Como los musulmanes son unos mil millones, tendrían que liquidar o convertir, a más de cinco mil millones de seres humanos. Quieren a toda costa mantener a sus mujeres en su lugar, en la casa, sujetas a una dura disciplina, prohibir la música, el cine, las estatuas, (recordemos lo que hicieron los talibanes con las magníficas estatuas de Buda en Afganistán), la televisión, aunque utilizan este último medio para transmitir la ejecución de alguno de sus rehenes. El objetivo parece ser el de establecer una teocracia islamista global. ¿Es así? El autor exige entender lo más pronto posible los objetivos y la forma que emplearán para lograrlo. Sus seguidores demuestran a diario, que están dispuestos a morir para lograr su fin.
Recomienda Bobbitt, adecuar las leyes de los Estados de Consenso para encarar esta nueva era de terror globalizado, y aceptar limitaciones a la libertad de sus ciudadanos, para así poder preservarla. Por ejemplo, imponer un documento nacional de identidad, el cual es resistido en EE.UU. Urge hacer alianzas entre gobiernos, para enfrentar el flagelo de esta guerra no convencional, estableciendo interdependencia y mayor coordinación, compartiendo información y acordando métodos de acción conjunta. El autor se explaya sobre asuntos como el tratamiento de combatientes apresados fuera de uniforme, o sin un claro distintivo, a quienes se interroga, al no gozar de la protección de la Convención de Ginebra. Existen controversias respecto de si actos de terrorismo, deberían ser juzgados por la justicia militar o la civil. ¿Es razonable guardar presos indefinidamente (en Guantánamo, o cualquier otro lugar) si éstos han sido capturados en combate, y retenerlos hasta el fin del conflicto o la firma de un improbable tratado de paz? Falta definir claramente al enemigo.
Al tratar el difícil caso de los interrogatorios y la tortura, presenta casos reales como el de unos presuntos terroristas que se sabía acababan de colocar una bomba de relojería. Con las garantías que prescribe la ley de un Estado de Consenso, es prácticamente imposible descubrir a tiempo dónde y a qué hora, explotará el artefacto que habrá de causar centenares de víctimas. Discurre sobre el asunto de las escuchas y las imprescindibles autorizaciones. Hace especial hincapié en la necesidad de preparar una estructura legal adecuada a los tiempos y al desafío de nuestro futuro inmediato, para evitar que los Estados de Consenso se conviertan en Estados de Terror. Según Bobbitt, los conflictos del siglo XXI, cuya naturaleza no comprendemos, surgen de una falla cultural y se parecen a aquellos de siglos más lejanos. Tienen poco que ver con las guerras de los siglos XVIII al XX entre reinos, imperios o países, y entre ideologías. Luego de las dos conflagraciones mundiales, con el triunfo de los Aliados y de EE.UU. en la Guerra Fría, el mundo salió de ese brete con un posterior equilibrio de armas, instituciones y tratados de desarme, que redujeron la posibilidad de conflictos bélicos globales. Al Qaeda no amenaza con invadir Estados Unidos ni Europa, no podría ganar una guerra al estilo tradicional. Y a pesar de ello, ésta ha sido declarada y en forma nada ambigua. Aunque su ulterior propósito resulte confuso, implacable, ataca. El autor advierte que Occidente tiene que desarrollar estrategias adecuadas para minimizar el daño y poder vencer al enemigo una vez comprendido, de manera de desarticular sus objetivos, sin caer en la trampa de convertirse también en terrorista.
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