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Sebastián da Silva
Nuestra sociedad está atravesando un momento raro, no digo que sea ni bueno ni malo, pero sin duda es un momento extraño en lo que hace a la paciencia, la tolerancia y la permisividad que se le otorga a los que en el manual de política deberían de ser los ejemplos de toda la población.
Una persona pública, es pública porque quiere, porque siente vocación de servicio, porque le atrae el manejo de los recursos de una sociedad, porque aspira a mejoras en los niveles de vida de los individuos que lo rodean y también algunos eligen vivir su vida frente al plebiscito de los demás porque son adictos al poder o porque tienen en sus venas el virus de la corrupción. Pero es claro que nadie es dirigente político, aspira a ser legislador, intendente o ministro obligado, y como veremos en este año, bastante gastamos los políticos en campañas electorales para acceder a estas posiciones.
Resulta que también con estos derechos, los dirigentes asumen otras tantas obligaciones, dado que al tener bajo su mando los destinos nacionales lo menos que pueden hacer es estar a la altura de las circunstancias en lo referido a sus dichos, actitudes y, lógicamente, hasta sus conductas. Es la única forma de que una vasta gama de nuestra sociedad -que puede ir de un niño de 9 años hasta un abuelo de 80-, se sienta por lo menos tranquila de la delegación de la parte de su vida que entrega a los gobernantes de turno.
Es la vieja enseñanza de "serlo y parecerlo``.
Nuestra historia está plagada de anécdotas de dirigentes y gobernantes que hicieron el ridículo. Así se recuerda a un candidato que prometía que saliera leche en las canillas y hacer las carreteras en bajada, hasta un Presidente que en el medio de la cruenta crisis del 2002 declaraba el recordado "We are fantastic". Pero siempre y en todo lugar, este tipo de salidas de tono tuvieron un aplastante rechazo en la población.
Resulta que ahora algo esta cambiando. Fijémonos el triste proceso de la semana pasada, las autoridades entienden que la manera de observar el impacto de la seca no es al ras del suelo sino a miles de metros en avión; tienen el tupé de declarar que lo que vieron no es tan grave, que sólo el 14 por ciento de la superficie está afectada y a las 48 horas, por la reacción evidente de toda la producción a la que no le queda ni el "mío mío" en sus campos, se despiertan y decretan el estado de emergencia agropecuario. La apostilla es, valga el juego de palabras, que el ministro del ramo había apostado que el fin de semana llovería, y al perder la apuesta se tomaron las medidas.
Otro ejemplo, una sociedad en jaque por la delincuencia al mejor estilo Ciudad Gótica, tiene a la máxima encargada de su seguridad, pasando revista a caballo con boleros de fondo, repitiendo la escena con los periodistas en la reunión de fin del año y publicando fotos suyas en la ducha en un portal de Internet. ¿Alguien puede imaginar la reacción de todos los mandos policiales al ver esta imagen plagada de humedad?
Pero ahí no quedan las cosas. Podemos agregar, la propuesta de la aspirante a primera dama por la coalición gubernamental, de suprimir el agua para lavar la ropa. O, si se quiere, los bailes de otra ministra en el extranjero.
Y así seguirán otros dislates, si entre todos no reaccionamos a tiempo.
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