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Leonardo Guzmán
Formado con y en la prensa, no puedo aceptar que la Ministra del Interior se disguste o ponga gesto despectivo por el hecho de que haya sido divulgada por El País una fotografía suya que, en pleno goce de su albedrío, colgó en su medio personal de comunicación. Eso sí: no me alegra que concentremos nuestra atención en la repercusión del tema fuera de fronteras. Su principal ámbito de resonancia está, y debe estar, en nuestra conciencia cívica e institucional de las actitudes que se espera de un gobernante.
En realidad, ¡qué bueno sería que en los diarios hispanos del mundo se hablara a fondo y con precisión de "la ducha de la Ministra del Interior uruguaya"! ¡Tamaño destaque sólo podría fundarse en éxitos probados, en resultados sólidos, en capacidades trascendentes!
Puesto que "ducha" quiere decir experimentada o diestra, para que llegase a hablarse afuera de "la ducha" de una Ministra que no es de Exteriores haría falta que fuéramos ejemplo de seguridad en la libertad, y que estuviera cumpliéndose a rajatabla el art. 7º de la Constitución, que impone al Estado -gobernantes y gobernados- el deber de garantizar la efectividad de los derechos, en vez de exponer a nuestros congéneres a rapiñas de una cuadra a la siguiente y dejarlos regalados para asesinatos aleves, como el del joven trabajador apuñalado por tres menores, uno de ellos de 12 años. ¡Y es claro que estaríamos felices todos si viviéramos con garantías y no con explicaciones sobre sensaciones térmicas!
Pero la ducha que vio la luz pública por iniciativa de la señora Ministra no es la del adjetivo honroso. Su frente no apareció perlada con los goterones de transpiración que deberían arrancarle las exigencias del cargo y así consagrarla. No: la exornó la lluvia del baño de entrecasa, cuyo higiénico uso diario no distingue a nadie por sus talentos y virtudes, que es como manda seleccionar la Constitución.
El tema no pasaría de anécdota para Caras si no fuera un ejemplo más de la trivialización de la vida pública que monta imagen e intenta distraernos del único circuito donde deben resolverse los temas del Estado y las personas: las ideas.
Se puede proponer más socialismo o menos socialismo, pero la órbita en que debe dirimirse ese debate es la del pensar riguroso, porque para que la vida colectiva no oscile de la tragedia al vodevil, hace falta vertebrarla con seriedad y cordura: todas las cuentas hechas, la convivencia en el Estado de Derecho exige tonicidad moral de quienes ejercen cualquier poder, público o privado.
Eso es anterior a los debates sobre mayor o menor actuación del Estado en la vida económica. Pero ha dejado de verse claro porque la pelea menor por construir la imagen calidad Facebook, posterga las exigencias de la lucha por lo importante y permanente, al buscar más los efectos inmediatos del marketing conductista que la reflexión impulsora de civismo y generadora de ideales.
No estamos, pues, ante una insustancial tilinguería para parecer piola sino ante un desembarco más de la banalización según la cual todo vale y todo sirve.
Eso es impropio del Uruguay, cuyo poder público pareció siempre un poco adusto porque se ejerció con recato personal: hábito del que no deberíamos habernos apartado nunca, pero mucho menos ahora cuando, en un mundo que tantas razones da para que nos duchemos en lágrimas, debemos afirmar los valores del honroso ser nacional, que no pueden disolverse en excipientes de frivolidad.
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