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JORGE ABBONDANZA
Hay palabras de significado tan atroz que parecen exigir un severísimo control antes de ser utilizadas. Una de esas palabras es genocidio, que debe emplearse para definir el exterminio o eliminación sistemática de un grupo social por motivo de raza, de religión o de política, según indica el diccionario. Se la aplica sin embargo con bastante elasticidad, desdibujando su sentido, porque si se entiende que hubo genocidio en la represión ejercida por la dictadura argentina (1976-1983) contra los grupos guerrilleros que la combatieron, también debería hablarse de genocidio para calificar la guerra de Biafra, las ofensivas militares norteamericanas contra Al Qaeda, la carnicería sobre los rebeldes de Darfur o las campañas israelíes contra los palestinos de Hamas. El riesgo que se corre al hablar de genocidio en esos y otros casos, es el de confundir el alcance del término, que es más horrible y profundo.
Debe hablarse de genocidio cuando las víctimas integran una comunidad inocente de cometer toda agresión, es decir un grupo no combatiente y seguramente desprevenido, al que se masacra por razones de un odio ancestral, un fanatismo religioso o político, un delirio ideológico o un sentimiento de superioridad racial. Hace sesenta años, cuando tuvo lugar la Convención Mundial sobre Genocidio, se entendió que incurrir en esa monstruosidad consistía en "destruir la identidad nacional del oprimido a través del terror". Semejante crimen suele ser cometido por el Estado contra quienes -según los órganos de gobierno- amenazan su hegemonía, su paranoia nacionalista o su imposición de algún programa despiadado, soñando con afianzar tal ejercicio de poder a través de la aniquilación de quienes lo perturban, interfieren con sus planes, no secundan sus intereses o contaminan la pureza de su imagen pública.
Luego de algunos ejemplos remotos de impulso genocida, como la embestida de los mogoles, la Inquisición, ciertos episodios de la conquista de América o la depredación europea de las culturas polinésicas, el siglo XX ha sido desde sus albores un catálogo de genocidios como no hubo ningún otro. Comenzó con la matanza de millones de congoleños por orden del rey de Bélgica, siguió con el exterminio de los armenios bajo un Imperio Otomano agonizante, continuó con la espantosa mortandad de campesinos rusos y ucranianos por la colectivización forzada del agro a comienzos del stalinismo, prosiguió con el escalofriante operativo antisemita del nazismo alemán, se amplió con decenas de millones de muertos en el Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural de la China maoísta, incluyó la ejecución de otros millones durante el gobierno del khmer-rouge en Cambodia, se prolongó en el asesinato de cientos de miles de tutsis en Ruanda y alcanzó a la matanza sistemática de los musulmanes en la Bosnia-Herzegovina de los `90.
Ha sido todo un siglo de duelo, presidido por la palabra genocidio como eje de los mayores extravíos del hombre. Por eso hay que tener cuidado antes de emplear a cada momento ese dramático vocablo.
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