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Asusta el número y dimensiones de los incendios que se han registrado en lo que va del verano. Si bien ya existe una suerte de acostumbramiento a que las llamas formen parte del paisaje en la zona costera en los meses de calor, la intensidad y fiereza de lo que hemos visto esta temporada realmente impresiona, obliga a la reflexión y a la necesidad de buscar medios que, si no logran definitivamente erradicarlos, sí ayudarán a que disminuyan en número y fuerza.
No hay dudas de que la pertinaz sequía ha tenido un rol fundamental, pero también hay desprolijidades que alcanzan el grado de permanentes, que juegan para que ello suceda. No hay la mínima tarea de limpieza de los bosques costeros, que acumulan hojarasca, pinocha y ramas secas en forma imparable. Sospechamos incluso que los restos de los formidables destrozos que ocasionó el temporal de agosto de 2005 nunca fueron retirados de su lugar y resecos por el Sol y el paso del tiempo, son latente amenaza pronta a arder a la menor chispa. Los montes sucios son el escenario de los eventuales incendios de mañana. Y de esa manera, las condiciones naturales para que ocurra lo que ocurre todos los años se encuentran presentes.
A esa primera negligencia humana se suma la imprudencia: la mayoría de los incendios son provocados por la acción directa del hombre, tal vez no intencional, pero sí por su irresponsabilidad. Podíamos llamarlas quemas que se salen de control. Hay casi una docena de personas procesadas por su conducta en distintos incendios. Son las que se pudieron identificar y allí vemos ejemplos tales como que el fuego en Bello Horizonte surgió de una vela que alguien encendió y no apagó a tiempo, en el Parque Lecocq de un sujeto que buscó combatir los mosquitos con el humo, en La Esmeralda fue la consecuencia de un asadito que armó un monteador y ahora en Playa Verde un naturista que dejó encendida las llamas donde cocinó su comida. Puede haber muchos casos más de actividades semejantes que terminaron en incendio.
Y entonces, si la posibilidad de error o falla humana capaz de provocar una catástrofe pende de un hilo tan delgado, se origina en un hecho tan pueril, es necesario ajustar medidas para evitarlo. Empezando por una rigurosa campaña educativa que erradique la ignorancia o ponga coto a la imprudencia de los ciudadanos que encienden fuego. Un segundo frente debe estar a cargo de las autoridades policiales y de la justicia. Está visto que es imprescindible una tarea de prevención y represión sobre el terreno para evitar la acción de los imprudentes. El tercero, y más importante, es dotar a la Dirección Nacional de Bomberos de personal e instrumental adecuado para enfrentar siniestros de gran magnitud.
A estar a informaciones oficiales, el turismo dejó la temporada pasada mil millones de dólares; la parte del león fue en el verano. Y justamente en esa época es que se suceden los grandes incendios. Unas 11.000 hectáreas han quedado bajo las llamas en esta temporada y se estima que superan las 30.000 en los últimos cinco años (más de la mitad del departamento de Montevideo). Y también es impresionante como se ha multiplicado el número de salidas de bomberos para atender focos ígneos. Con el correr de los años se han ido multiplicando y de unas 2.000 con que se empezó el siglo XXI, se llegó a más de 6.000 en el 2004 y se corre el riesgo este año de establecer una nuevo récord. Las llamas brotan no sólo a lo largo de los montes de la franja costera, sino que se han registrado importantes siniestros en la misma ciudad de Montevideo, en Pando y en los departamentos de Flores, Colonia, Salto y Paysandú por citar los casos más notorios.
Todo esto, pasado a pesos es una fortuna, que bien puede reducirse en forma sensible si algo de lo que el turismo deja -vamos a no tocar el famoso "espacio fiscal" de Astori, totalmente dilapidado- se destinara a crear un Cuerpo de Bomberos altamente eficiente.
Porque la verdad es que da la impresión de que estamos muy lejos de llegar a ello. Todos los años sus integrantes tienen problemas con sus remuneraciones y el número de efectivos, más allá de que a la hora de salir no le hacen asco y muchos acumulan 96 horas de trabajo por semana. En todo el país hay 1.400 bomberos y 150 incorporados en diciembre para tareas zafrales. Un efectivo de segunda percibe unos $ 8.000. Un panorama poco serio y menos alentador para un trabajo que se supone de alto riesgo, pero no muy distinto de otros que colaboran directamente en la lucha contra el fuego: personal del Ejército y Fuerza Aérea que han estado también en la primera línea de combate.
Todo un desafío -otro de los tantos- que este gobierno no ha resuelto.
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