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Jueves 15.01.2009, 08:19 hs l Montevideo, Uruguay
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Internacional


La bitácora

Obama frente a la encrucijada palestina

CLAUDIO FANTINI

La diferencia entre el remedio y el veneno está en la dosis", dijo Paracelso von Hohenheim. Trasladando al conflicto de Gaza el razonamiento del célebre médico del siglo XV, la sobredosis de militarismo aplicada para extirpar a Hamas está envenenando la imagen de Israel en el mundo y multiplicando el odio letal de los árabes contra el Estado judío. Por tanto, lo único que contendrá su efecto infeccioso en la región y en el propio Israel, es una política de importantes concesiones territoriales, ayudas económicas y traspaso de asentamientos coloniales a palestinos hacinados en campos de refugiados.

El silencio del presidente electo de Estados Unidos, Barack Obama, fue funcional a la ofensiva israelí. Decir que no hablaba sobre Gaza porque hasta el 20 de enero el presidente es Bush, no resulta creíble si se tiene en cuenta todo lo que habló en otros ámbitos, sobre todo el de la crisis económica.

Sucede que, para el presidente electo, que la guerra en Gaza termine fortaleciendo a Hamas sería un hecho negativo con efecto en cadena: fortalecería a la Hermandad Musulmana en Egipto y Jordania; a Hezbollah en el Líbano; a los halcones del gobierno sirio de Bashir el Assad, y también beneficiaría al fanático Mahmud Ahmadinejad frente al reformista Mohamed Jatami, de cara a las próximas elecciones en Irán.

Lo que Obama tiene en claro, a diferencia de Bush, es que el remedio militar trae mejoría inmediata, pero acrecienta la enfermedad en el largo plazo. Para el líder demócrata, Israel debe volver a la plataforma de paz que propuso Ehud Barak en el Camp David II.

El premier israelí de aquel año 2000, hoy convertido en el duro ministro de Defensa que lanzó la invasión de Gaza, propuso a Yasser Arafat un acuerdo que no era perfecto pero si perfectible y, por lejos, el más generoso en materia territorial de los efectuados hasta ahora. Arafat cometió al error de rechazarlo, activando una derechización permanente de la política israelí que llevó el conflicto hasta este trance brutal.

Obama sabe que, sin un Estado palestino viable que reemplace por una vida digna y próspera el actual suplicio de ese pueblo atormentado, cada acto israelí en defensa propia constituirá un asesinato. Sabe también que Hamas se alimenta de muerte, odio y humillaciones, por lo tanto para conjurarlo hay que revertir drásticamente, y sin más dilaciones, el escenario atroz que lo engendra.

La multiplicación de asentamientos de colonos por toda Cisjordania fue como esparcir metástasis para que carcoman el proceso de paz. Obama no puede ignorar que, sin removerlos, la geografía cisjordana sólo reproducirá rencores y conflictos. Pero no deben actuar las topadoras sino la política, para mejorar la vida de cientos de miles de palestinos hoy amontonados en condiciones espantosas.

En Gaza no hay asentamientos, pero sí más hacinamiento y miseria. Eso es, entiende Obama, lo que hay que combatir para poner a Hamas en retroceso.

Al fanatismo no se lo vence en el campo de batalla sino en la vida de la gente. Allí es donde Israel debe generar un cambio radical. Esa ha sido, hasta ahora, la visión del hombre que está por asumir la presidencia de los Estados Unidos. Si tendrá la determinación de convertirla en política y acción gubernamental, es algo que está por verse.

Pero lo que está claro es que de esa determinación no sólo depende el futuro de un pueblo atrapado entre la insensibilidad militar israelí y la macabra estrategia de autoinmolación que, en Gaza, le impuso su propio liderazgo. También depende la salud de Israel, el país que se está envenenando por sobredosis de remedio militar.

El País Digital

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