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A las tres de la mañana, el empleado de un famoso bar céntrico se dirigía con un compañero hacia la terminal de ómnibus de la calle Galicia. Volvía a su hogar ubicado en Shangrilá luego de una larga jornada de trabajo, pero en Convención y Paysandú él y su acompañante fueron interceptados por un trío de delincuentes que les exigieron entregar sus pertenencias. El protagonista del episodio se resistió, trabándose en lucha con los asaltantes mientras su compañero escapaba. Uno de los agresores empuñó una navaja y lo hirió en el pecho, luego de lo cual el terceto huyó sin llevarse nada. La víctima murió al poco rato como consecuencia de la enorme pérdida de sangre. Tenía 25 años y a esta altura debe figurar como uno de los desoladores resultados del cuadro de ascendente inseguridad que vivimos en Montevideo, aunque no sólo aquí. Esa inseguridad, que hasta el momento solía consistir en la pérdida de efectos materiales ante el atropello de los delincuentes, se ha convertido en un proceso más grave, porque lo que puede perderse ahora es la vida.
Lo inusitado de esa historia ambientada en una solitaria madrugada montevideana, es que el trío de criminales estaba compuesto por un adulto de 19 años, por un adolescente de 16 (con 250 anotaciones policiales) y por un niño de 12 (con 120 anotaciones). Allí radica el dato insólito, un niño de 12 años que no solamente participa de asaltos en la vía pública durante la noche, sino que se convierte en cómplice de un asesinato a sangre fría. Ahora que los culpables fueron arrestados (aunque el adolescente de 16 fue entregado luego a sus padres), sería interesante saber qué tipo de emociones experimentaron los dos menores (y sobre todo el de 12) luego de la trágica consecuencia que tuvo el episodio, y si son capaces de tomar conciencia del camino atroz en que están embarcados.
En el Montevideo de un pasado cercano habría sido inimaginable la presencia de un niño de edad escolar en un hecho de sangre de esa naturaleza, pero por lo visto ahora es una realidad. Lo que cabe suponer es que ese niño -que normalmente debería estar cursando sexto año de Primaria- es un producto de la infancia callejera, esa estirpe que cada día abunda más en esta capital y que en circunstancias bastante habituales puede verse mendigando por el Centro o estirando la mano ante los conductores en un semáforo. También cabe suponer que el infractor de 12 años puede tener un comportamiento cuya violencia estaría determinada por el consumo de las mismas drogas que enardecen a sus congéneres algo mayores, y así las suposiciones ubican al menor en un cuadro pesadillesco de degradación, ante el que se abre un futuro por lo menos descorazonador.
Cabe sospechar, asimismo, que los niños de esa edad que vagan por las calles y están sujetos a compañías como las que han pervertido al menor del caso, no reciben auxilio de ningún tipo para superar su situación, salvarse de tal marginalidad o ser rescatados de camaraderías criminales.
Entonces lo que cualquier observador puede plantearse son preguntas bastante abrumadoras. Qué tipo de proyecto de sociedad puede diseñarse hoy en el país, cuando esa sociedad lanza a la calle -y al circuito del crimen- a individuos de 12 años que no tienen la menor idea del valor de la vida humana ni son capaces de reflexionar sobre la muerte violenta de un joven de 25 años y sobre la brutal injusticia de que ese trabajador sucumba en una esquina porque tuvo la pésima suerte de cruzarse con tres agresores absolutamente improductivos, que no estudian, no trabajan, no forman parte de ningún núcleo familiar medianamente aceptable, no poseen escalas de valores capaces de orientarlos en su vida comunitaria ni parecen respetar en ningún aspecto la integridad o los derechos de los demás. Hacia qué tipo de convivencia está encaminándose este país, llegado al extremo de que un niño de 12 años sea partícipe, testigo y asistente de un asesinato en la vía pública. En el caso concreto, las informaciones recogidas por la policía permitieron saber que el trío criminal solía operar en la zona a esas horas de la noche, de manera que el horrible episodio relatado no es un hecho casual sino parte de una actividad organizada. A esta altura, el niño de 12 años forma parte de esa organización.
Llegó el momento de formularse tales preguntas y decidir qué hacer con los pequeños inimputables, porque de otro modo estaremos todos perdidos.
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