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Jorge Carnevale elige arbitrariamente la filmación de Gruppo de famiglia all`interno (Grupo de familia) como el momento en que se produce la agonía del cine. Es una elección subjetiva, como todas, pero inteligente y sobre argumentos sólidos. Los días en que Luchino Visconti, sentado en una silla de ruedas, filma su última obra maestra, en 1974, se cierra el ciclo, admirable, del neorrealismo italiano, que no se ha prolongado hasta ese momento, rígido y cadavérico como estaba, pero donde todavía filmaban algunos de sus grandes protagonistas.
Carnevale elige a Visconti porque sin decirlo parte de la base que a mediados del segundo tercio del siglo pasado el cine europeo alcanzó su clímax y a partir de entonces se enfrenta una historia moribunda, sin remedio, casi sin oxígeno.
El crítico argentino apoya el aserto en una docena de grandes títulos, las joyas de la corona, dice, y se despreocupa del cine digital y los otros chiches tecnológicos que agradan a los noveleros y paralizan a los herederos del celuloide. Se habla de juicios fundamentalistas que pasan por alto hallazgos del cine japonés, del iraní, del finlandés, del de Europa del Este y mismo del norteamericano, entre otros.
Pero su patrimonio europeo es tan suculento que él afirma despreocuparse de si el cine murió o morirá, que ya tiene guardadas en su casa las joyas del período de esplendor y que nadie le puede quitar esa riqueza. Apenas exagera Carnevale. Empieza el conteo con El silencio, de Bergman, y sigue luego con los dorados ciclos del cine francés, las rarezas belgas hasta anidar en el corazón mismo del fenómeno artístico: la Italia de las décadas del cincuenta y sesenta. La reflexión sirvió como acicate para investigar el pasado reciente. Hubo un tiempo en que nada se aproximaba al pináculo de Federico Fellini. Luego vinieron los revisionismos, las negaciones de su enfermedad surrealista con gordas casi circenses. Y entre esos desbordes la maravilla de Y la nave va.
¿Y cómo sorprendió el tiempo a 8 y ½. Lo encuentra en su plenitud de obra cumbre. Fellini es un maestro que maneja con la soltura de un genio el itinerario de sus temas preferidos. Dirige un elenco femenino notable, inencontrable en otra geografía. Fellini adora las mujeres y las elige hermosas, misteriosas, entalcadas, eróticas. Insiste con Anouk Aimée y con Claudia Cardinale pero su estrella era Sandra Milo, impar en su papel de mujer sensual y vulnerable. Por algo le rompió el corazón a todo el mundo, incluido el de su director preferido. Esa exageración de curvas que era la Milo, ese milagro de femineidad volvió loco a los italianos durante mucho tiempo. La preferían sobre la Loren y la Lollobrigida. Los días de mucho calor salía con una pollerita liviana o un vestido corto de algodón y sin nada de ropa interior debajo. En medio de las colinas ventosas de Roma los fotógrafos la perseguían como poseídos. Hoy esas fotos valen pequeñas fortunas.
Eso también forma parte del cine.
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