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ANDREA DURLACHER
La sensibilidad se construye o se atrofia; la indiferencia la aquieta. Un día, una de la clase dijo: -Yo leí Borges, Carver y Cortázar, pero no me gustaron para nada.
Doy fe que los había leído, le falló la información sensible. Lo sé, porque con los cerros soy como ella: de los paseos ecológicos de la niñez, apenas sobreviven nítidas las tortas fritas y el recorrido en auto (ahora trazo recorridos propios y cocino, pero la niñez es una ruptura acolchonada con los planes independientes, el mundo y las piernas son breves, toda propuesta se convierte en un evento de festejo. La falta de elección va de la mano con la falta de culpa por aquello que -como el tiempo es finito- quedó aparte).
Veraneé muchos veces en Piriápolis. No sé en cuántas casas dormí. Y, si vi los cerros, mi mirada fue ofensivamente vacía. "Prefiero los paisajes de agua que los verdes", argumentaba. Porque el agua se mueve, y el verde no. Este verano, por primera vez, tengo la consigna de escribir qué siento por Piriápolis. Como los cerros parecen ineludibles, estaba decidida a confesar la vergonzosa verdad. Planeaba excusarme con lo mismo que me digo: el agua se mueve, el cerro no, por eso me olvido de verlo. Y, mientras lo escribía, como una señal que triplicó la culpa, comenzaron los incendios:
- Ahora sí, no escribas que no te gustan los cerros o te van a linchar.
Y me entrego: justo cuando planeaba argumentar que está quieto, se empezó a prender fuego. La semana pasada subí al Cerro del Toro, en busca de la última oportunidad de sintonía. Atravesé casas y carpas. Subí la primera escalera y vi al toro. Como cascada, se le caía un chorrito de agua de la boca. Más arriba, vi al león. Una mujer llena de niños subía la escalera con una canasta de picnic. Al lado del león, los niños encontraron una víbora verdadera. Un grupo huyó espantado, mientras el otro corría a verla. El grupo atemorizado debía esperar al explorador -la escalera era estrecha-. Pero la víbora despertó tanta ansiedad en líneas opuestas, que ningún niño esperó al otro. El Cerro del Toro siempre se movió.
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