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Hebert Gatto
Afines de junio los partidos políticos uruguayos elegirán en comicios abiertos sus candidatos a las elecciones nacionales; se trata de una instancia relevante, con consecuencias diversas a la que, no obstante, se ha prestado poca atención.
En los partidos tradicionales los sectores en competencia constituyen divisiones de una misma unidad política sostenida por lazos históricos, ideológicos y organizativos consistentes.
Su evolución durante los últimos años, aparentemente superada su deriva al fraccionalismo, ha tendido a consolidarlos hacia adentro. Básicamente porque no los caracteriza ni grandes distancias entre sus adherentes, de similar grado de militancia, ni, hacia adentro, oposiciones ideológicas marcadas. Lo mismo sucede con el Partido Independiente que concurre con un único candidato.
No es igual la situación en el Frente Amplio. Se trata de una coalición y no de un partido, cuyos éxitos o fracasos en la interna adquieren otra trascendencia, a lo que se agrega las notorias diferencias doctrinales entre grupos, las contrapuestas particularidades de sus líderes y la sempiterna tensión entre moderados y radicales, todo lo cual redunda en opuestas estrategias electorales sectoriales.
Es sabido que el MPP y el Partido Comunista, soportes de la nominación oficial de José Mujica, conforman un conjunto fuertemente ideologizado, apoyado por un electorado de dura militancia, representativa del núcleo más tradicional del frentismo.
Es un dato, a su vez, que dicha militancia, por su disciplina, es la más proclive a participar en las internas. También lo es que José Mujica constituye un directo polo de atracción para muchos frentistas independientes identificados con su figura. Esto consolida una hegemonía que sus rivales sólo pueden intentar quebrar radicalizando la campaña, motivando así a sus seguidores a tomar parte de una interna para la que están, "a priori", menos predispuestos.
Para Astori, el otro polo de esta dinámica, ninguna rebaja de las diferencias entre los candidatos o sus programas le resulta funcional. Si ambas figuras son emergentes de la superior unidad de la izquierda, su contraposición será un tema adjetivo que no incitará a la participación.
De allí que cualquier escenario que en la percepción de los frentistas diluya la relevancia de esta interna y de su triunfador, inexorablemente favorecerá a Mujica. Él sí interesado en una campaña unitaria, amable, de bajos decibeles, en la que sus seguidores, no por eso, dejarán de votar.
Es cierto que una primaria crispada no ayudará al Frente en las elecciones nacionales. Desde su misma creación la izquierda ha enfatizado su unidad, aun ignorando costos, como su hazaña más preciada.
La consecuencia es que el poderoso tabú unitario, que Astori deberá transgredir, otorga otra ventaja a Mujica, que ancado en la sacrosanta tradición, exudará a cada paso fraternidad frentista.
Por más que también se argumenta -aún cuando los sondeos no son definitivos- que sólo la candidatura del moderado Astori permitirá a la coalición competir con éxito, captando los imprescindibles sectores centristas e indecisos. Una duda que atormenta, incluso, a más de uno de los radicales. Pero muy reveladora de la importancia de estas internas.
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