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Martes 06.01.2009, 10:02 hs l Montevideo, Uruguay
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Editorial


[EDITORIAL]

¿El menos peor?

Nos vamos a permitir algunas irreverencias conceptuales. Juzgamos que la democracia ha pasado a ser uno de los mitos más relevantes de nuestra época, posee el carácter de dogma y se ha vuelto algo indiscutible. Si la democracia fuera un traje de confección que cada pueblo pudiera poner sobre su piel, entonces sería exportable, imponible, sin relación alguna con la historia y con la tradición de los pueblos, con su formación cultural, sus costumbres y su condición cívica. Podría establecerse en cualquier lugar del mundo. Sería simplemente voluntarista, válida para cualquier situación.

Sería absurdo afiliarse a esta presunción. Pero también sospechamos que, actualmente, un pueblo organizado en forma tribal, no necesitará de 150 años de evolución -como ocurrió en el occidente- para llegar a convertirse en demócrata. De todas maneras, sería un error juzgarlo a través de fórmulas que sólo son válidas para países más evolucionados.

La democracia y su signo exterior más evidente, la votación, es la respuesta política de nuestro tiempo, aún cuando haya salteado la etapa liberal que históricamente la precedió. No hay que pensar en ella como en una esencia intemporal, inespacial, sino como algo dentro de un contexto.

Es curioso comprobar cómo, en los regímenes totalitarios más coherentes, siempre hay algún nivel en el que la democracia nominal -reparemos que se llaman a sí mismas "repúblicas democráticas"- se ejerce recurriendo a una votación, limitada, imperfecta o digitada, pero esa votación se lleva a cabo. Es decir, existe un germen democrático que, inevitablemente, está esperando su oportunidad para desarrollarse, extenderse y predominar. Casi no hay lugar en el mundo donde no se realice algún tipo de elecciones. ¿No es una evidencia muy significativa?

Quizá, dentro de algunas décadas, todas las naciones respeten como indiscutibles los derechos humanos, y los practiquen. Quizá, las elecciones se vuelvan cosas del pasado. Quizá perdamos interés en la política, en el gobierno de la polis, porque quizá nos demos cuenta que no es con ese rudimentario ejercicio del derecho a votar periódicamente -el mismo que encontramos en las primitivas ciudades sumerias de hace cinco mil años- que vamos a elegir mejor a nuestros gobernantes y dirigentes. Quizá esa tarea se la encomendemos a computadoras, que elegirán a los más capaces y mejor dotados para cumplir mandatos específicos en tal o cual sector.

Nos guste o no tal perspectiva, no podemos descartarla como posible y, aún, como probable según la desconcertante y dolorosa pero apasionante trayectoria de la humanidad.

Puede ser que la especie en vías de extinción sea el mecanismo por el cual los políticos llegan a ocupar los cargos que desempeñan pero nunca la tarea con la que se identifican. Es que la política está por encima de los políticos y es imprescindible a todas las sociedades. Más aún: la sociedad humana no existe sin la política; lo contrario sería afirmar la viabilidad de la anarquía, del no gobierno, de la convivencia espontánea y sin regla alguna que la encauce.

Si la historia es la hazaña de la libertad -como decía Benedetto Croce- la actual tendencia del mundo indica que también es la hazaña de la democracia, es el intento de afirmar la voluntad popular, cada vez más, cada vez mejor y cada vez más legítimamente.

A través de lo expresado surgen las respuestas a interrogantes que hoy nos acucian: ¿es la democracia una solución para los tiempos presentes? ¿Lo es para cualquier tiempo, lugar y estadio cultural? ¿Es la única solución o es la más viable? ¿Se reduce a ser un hermoso producto político para una sociedad elitista? ¿Es un producto cultural o una forma política inherente al ser humano? ¿Es el sistema menos malo o es el peor de todos, exceptuando a todos los demás, según sentenciara sabia e irónicamente Winston Churchill?

Recogiendo el pensamiento de Fukuyama, el sistema democrático ha vencido y ha sobrevivido a cuantos regímenes se le han opuesto. Así ha sucedido con las monarquías más o menos absolutas, a las que redujo mediante su asociación con el liberalismo. Otro tanto ha ocurrido con los gobiernos militares y, sobre todo, con los totalitarismos del siglo XX, con el fascismo, el nazismo y el comunismo. Sea como sea, cuando cae un régimen liberticida renace una esperanza democrática. ¿No es suficiente alegato en su favor?

El País Digital

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