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Luis Alberto Lacalle
Las conmemoraciones del fin de año y el inicio de otro nuevo son circunstancias propicias para la reflexión pausada, para el análisis de más largo alcance y para encarar la perspectiva de otro eslabón en la cadena infinita del tiempo. Si agregamos a ello las especiales características del año que acabamos de estrenar, más que bueno es necesario aprovechar la pausa del descanso para tratar de ir más hondo en el pensamiento y para ampliar a toda la nación el ancho de las opiniones.
Estará pautado este año por ese momento magnífico en que todos los ciudadanos estamos llamados a opinar en las urnas, en transformar las actitudes y posicionamientos políticos en propuestas electorales y esperar, basados en ellas, el veredicto inapelable de los ciudadanos.
De estos temas nos ocuparemos en ésta y en próximas colaboraciones.
A nadie escapa que tiempos de confrontación electoral traen naturalmente instancias de tensión, de choque de opiniones, de comparación de propuestas y de puja por un mayor apoyo popular. En este 2009 las características del enfrentamiento son especiales dada la novel circunstancia de que el gobierno que va finalizando ha sido ejercido por una fuerza política que nunca antes había estado en la conducción de los asuntos nacionales.
Se ha completado en este período la rotación en el gobierno de las principales fuerzas políticas del país y ello muestra un escenario novísimo en la historia de nuestra patria. No pretendemos entrar en esta nota en esas peculiaridades, sino sobrevolarlas para acceder a un nivel más alto y, sin pretensiones filosóficas abstractas, exponer algunos pensamientos del más puro cuño nacional, en procura de fortalecer valores que a todos nos comprometen y que a todos nos obligan, por encima de partidarismos y posiciones personales.
Una nación debe por necesidad ser una, es decir que al llegar al nivel de convergencia social, cuando se arriba al punto de articulación en el que lo diverso se hace único, estamos en presencia del valor esencial de la comunidad, la unión nacional. A esa altura desaparecen los matices y deben desaparecer las diferencias.
Lo contrario sería concluir que no somos una unidad política real y tangible, que las diferencias son tales que impiden la realidad de la unión.
El escudo de los Estados Unidos de Norteamérica reza: "E pluribus unum", de muchos uno. Si bien allí se invoca la unidad de los diferentes estados en la entidad nacional, lo mismo puede decirse respecto de cualquier nación democrática. De muchos, uno. Todas las diferencias, todas las discrepancias, todos los partidos y fracciones, todos los grupos sociales, en el punto más alto, deben de admitir su disolución en un todo que a todos cobije, que a todos incluya.
Esa unidad se llama Uruguay, es nuestra patria y frente a su permanencia y fortaleza deben de sucumbir todos los otros amores y valores cívicos, deben diluirse los perfiles propios para fundirse en un solo concepto que no deja lugar para otro de la misma valía.
Puede parecer curioso estar preparándose para la lucha electoral y a la vez invitar a que se busque, aun en el fragor de la misma, lo que una, lo que acerque. No creemos incurrir en contradicción. Por el contrario: en el régimen democrático realmente vivido es posible ese misterio, en la medida en que se comprenda el verdadero alcance de una elección. Ella no es otra cosa que el mecanismo de legitimación del poder público. No puede ni debe decidir sobre otra cosa que la designación de autoridades. No hay mayoría que pueda internarse decisivamente en el plano de los valores, ni que sea capaz de modificar creencias. Ni Dios ni la patria se plebiscitan, solo se eligen personas a las que se les dota de autoridad temporal y limitada para aprobar actos obligatorios, dentro de los límites de la Constitución.
Solamente elegimos un gobierno, que será uno más de la serie de legitimidades sobre las cuales, por suerte, ya no tenemos más que una sola opinión. Será un gobierno importante, ¡claro que sí! y de ello nos ocuparemos otro día. Lo que hoy nos anima es hacer hincapié en lo que está antes, durante y después de cada gobierno, por encima, en un nivel superior. Y ello es la unión nacional.
Alertar acerca de su custodia nunca esta demás. Prevenir todo aquello que comprometa la paz entre los orientales puede parecer extraño cuando ya suenan las convocatorias -necesariamente parciales - de los partidos. Pero no lo es. Por el contrario creemos firmemente que todo lo que los actores de la campaña electoral sepan distinguir entre lo principal y lo accesorio de lo que está en juego, será mérito para cada uno y aporte para todos.
En un acto público que tuvo lugar hace unos meses, el Presidente Váz-quez, mientras los fotógrafos preparaban sus cámaras, señaló con acierto que solamente en el Uruguay, entre todas las naciones de Iberoamérica, podían comparecer juntos tanto el presidente en ejercicio como los que le habían precedido en el cargo. En armonía y buen trato, con respeto y sentido de nación por encima de las diferencias político-partidarias.
Ese es un símbolo de paz y de unión que debemos cuidar entre todos. Bueno es así reafirmarlo cuando estamos al borde del campo de juego, pletóricos de esperanza y apasionados por lo que creemos es superior.
Nada hay mejor que la unión y la paz. Recordarlo en todo momento ayudará a transitar mejor este magnífico tiempo de los ciudadanos.
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