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Domingo 04.01.2009, 09:16 hs l Montevideo, Uruguay
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Editorial


[EDITORIAL]

Cita con el destino

En el año que principia los uruguayos tendremos una cita con el destino. Está fijada para los últimos domingos de octubre y noviembre de este 2009. Allí, en las urnas, elegiremos a quienes nos gobernarán en los subsiguientes cinco años. Se dirá, quizás, que ello nada tiene de particular. Que será una instancia más, casi ritual, del funcionamiento regular de nuestra democracia y de nuestro sistema republicano de gobierno. Sin embargo, todos sabemos que solo en lo formal será así. En lo sustancial, la trascendencia del veredicto de la ciudadanía marcará el rumbo de nuestra sociedad por mucho más de un quinquenio. Si bien ya tuvo, en parte, ese sentido el pronunciamiento de octubre de 2004, el retroceso que del mismo devino, en casi todos los órdenes, determina que si el fallo de las urnas resulta reiterativo de tan grave error, negro sería el porvenir del país.

Nos contamos entre quienes creemos firmemente que ello no va a ocurrir. No nace, nuestra convicción, de un optimismo antojadizo, sino de la objetiva observación del desencanto y el hartazgo que una gestión gubernativa plagada de yerros y abusos con los contribuyentes, signada, en fin, por el desacierto contumaz, ha ocasionado en una creciente mayoría de compatriotas. Pero, como no somos dueños de la verdad -avalada la nuestra, al parecer y por ahora, por casi todas las encuestas-, creemos necesario perseverar en el esfuerzo y, desde esta trinchera periodística, señalar una y otra vez la trascendencia enorme del voto que cada uruguayo va a emitir. En junio, donde el sufragio no será obligatorio, pero igual será determinante de quien será nuestro futuro Presidente de la República y, sobre todo, en octubre y en noviembre.

Cuando nuestro inolvidable ex director, el Dr. Washington Beltrán, en las vísperas del balotaje de 1999 sentenció que la cuestión a dirimir no era entre dos personas -Batlle y Vázquez-, sino entre dos maneras antagónicas de entender la democracia, con o sin la tolerancia ideológica que es su esencia, dio en el clavo. Pero un lustro más tarde no hubo esa instancia de balotaje. El Frente Amplio ganó en primera vuelta y accedió al gobierno. Con lo justo, pero ganó. Y ejerció la suma del poder, pues contó con mayoría parlamentaria y hasta dirigió toda la administración autónoma sin control alguno de la oposición. De todo lo hecho, mal hecho casi siempre, y de todo lo no hecho, como el TLC con EE.UU., es exclusivo responsable.

La ciudadanía le dio la oportunidad que por tanto tiempo reclamó, mientras usaba todos los medios a su alcance para desprestigiar a los partidos tradicionales y trabar su gestión. Varias veces lo logró, referéndum mediante. Y hasta llegó, en medio de la peor crisis económica de la historia, a proclamar que el país estaba en "default" y debía reconocerlo. Ahora que la malgastó, que hizo la experiencia de ejercer el gobierno, ya todos los ciudadanos saben como son y lo que de ellos cabe esperar. Abusan del poder, de lo que siempre acusaron a blancos y colorados. Tienen sus corruptos y hacen negocios más que turbios -como los del tío Bartolo en Ancap y el de Pluna-.

Ya se sabe, de sobra, que no son impolutos. Tienen sus ovejas negras, como las hay en todos los países, profesiones y actividades. La política, entre ellas. Pero ello no es lo más grave, ni lo más preocupante. Sí lo es, la confusión de sus orientaciones, que les viene de su desprecio por varios de los valores y principios que están inscriptos en nuestra Constitución.

Así, mientras ésta afirma que "La familia es la base de nuestra sociedad", a cuyo fin "El Estado velará" "para la mejor formación de su hijos dentro de la sociedad" (art. 40), los "progresistas" han legislado favoreciendo las uniones de quienes no quieren formar una familia y habilitando matrimonios que fisiológicamente no pueden ser tales. Así, mientras para la Carta la propiedad es un derecho individual e "inviolable", para ellos no es así, al punto de que han autorizado, por ley, la transferencia coactiva de la propiedad a entes estatales, sin indemnización alguna.

El collar de sus confusiones tiene otras perlas, en la educación por ejemplo, pero el espacio se termina. Por todo ello es que el 2009 es, para los uruguayos, un año de cita con el destino. O más autoritarismo, más corporativismo, más politización en la educación, más estatismo, menos valores y más impuestos, o todo lo contrario. Es decir, el retorno al Uruguay de siempre. Decaído sí, pero a ese Uruguay que nunca debió dejar de ser lo que fue.

El País Digital

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