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SEBASTIÁN ELCANO
Además de su irresistible encanto como ciudad, en Buenos Aires comer bien es infalible. Recientes tropiezos allí, hacen suponer a Sebastián que fue víctima de una conjunción astral adversa. A partir de ahora cuando visite a la Reina del Plata, consultará al tarot y al horóscopo. Las desdichas comienzan con el almuerzo en Status, un pequeño restaurante peruano. Atendido por camareros peruanos, ajenos al igual que el cocinero, a la gran cocina de su tierra. El cebiche, una fuente desbordada, alta como Los Andes, era el polo opuesto de la sutileza minimalista de ese manjar. Ausencia de picarones y suspiros limeños. En cambio, nuestro amigo argentino Alejandro logró una milanesa con papas fritas para chuparse los dedos, según su autorizado juicio. Peor fue en el Casal de Catalunya, donde Sebastián no pasó mal cuando el chef era Joan Coll. Ahora, Mariano, discípulo suyo, hace añorar al maestro. El propietario Damián, lenguaje y gestos de un guapo del 900, palmeó a Sebastián como si reencontrara a un amigo íntimo y ante un comentario suyo, le disparó el elogio: sos un groso. En ese momento Sebastián debió huir, pero inducido por su tendencia masoquista, permaneció: no ha dejado de arrepentirse. De la fatal cena se salvó el pan con tomate por la calidad del jamón. La Escalibada ofendía con su apariencia de berenjenas reducidas a puré. El cochinillo, si se hubiera intentado cortarlo con el plato como en Segovia, habría disparado el presupuesto de la vajilla. El Pulpo a la gallega, llegó sin el pimentón, que tardó tanto que Sebastián supuso que fueron a Murcia en su busca. La Crema Catalana, además de sus copiosos grumos, trajo tenedor y cuchara. La camarera alegó que el tenedor formaba parte del cubierto y no entendió la ironía de Sebastián que reclamó el cuchillo. El Cabernet Sauvignon 2006 de Saint Felicien hizo honor a sus prestigios. La decoración del salón acompaña las incongruencias de la carta: mientras los coloreados azulejos sugieren un patio andaluz, la cartulina muestra platos gallegos y vascos, en vecindad de la parodia de los catalanes, manipulando la geografía. La tarjeta declara, en catalán, "cuina marinera i tradicional", pero miente. Lo más catalán del Casal es el baño que declara hombres en la lengua del Principat. El teatro Margarita Xirgu, instalado junto al restaurante, aumenta el oprobio.
Casal de Catalunya, Chacabuco 863, teléfono 4361 0191, Buenos Aires. Precio por comensal US$ 45.
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